Durante casi cuarenta años, el talento más extraordinario de Anna Wintour quizá no haya sido decidir qué estaba de moda, sino conseguir que su criterio pareciera incuestionable. Diseñadores, anunciantes, celebridades, multimillonarios y hasta uno de los grandes museos del mundo aprendieron que un no delante de ella podía ser apenas el comienzo de una negociación. Con John Galliano, por primera vez, dejó de serlo.El 31 de julio, el Metropolitan Museum de Nueva York anunció John Galliano: Horizons, la gran exposición de primavera de 2027 del Costume Institute. Iba a recorrer cuatro décadas de trabajo, desde su colección de graduación en Central Saint Martins hasta Givenchy, Dior y Maison Margiela, y a convertirlo en apenas el tercer diseñador vivo al que el museo dedicaba una muestra individual. Exactamente un mes después, el Met comunicó que la exposición no seguiría adelante. Entre una fecha y otra cabe algo más que una polémica sobre Galliano: cabe una derrota pública de la editora más poderosa de todos los tiempos.Galliano fue condenado en Francia en 2011 por insultos antisemitas y racistas tras varios incidentes en un bar de París. Un vídeo en el que decía “I love Hitler” precipitó su despido de Dior. Después vinieron las disculpas, el tratamiento de sus adicciones, encuentros con líderes judíos y, en 2014, su regreso a la primera línea como director creativo de Maison Margiela. Wintour estuvo a su lado durante prácticamente todo el proceso. Apoyó su vuelta a la industria, participó en el documental High & Low: John Galliano (2023) y, cuando el Met anunció la exposición, declaró que nadie merecía más una retrospectiva de aquella escala. Su carrera, dijo, no podía quedar definida por un solo momento.La muestra culminaba (habría culminado) así una rehabilitación que la británica llevaba años avalando y demostraba hasta dónde seguía llegando su capacidad para convertir una opinión personal en consenso institucional. El problema es que esta vez conocía las objeciones de antemano. Durante el año anterior, ella, Galliano y Andrew Bolton, responsable del Costume Institute, habían mantenido reuniones con rabinos y dirigentes judíos. Según el The New York Times, a comienzos de agosto, Wintour habló durante media hora con Julie Menin, presidenta del Concejo Municipal de Nueva York e hija de un superviviente del Holocausto, para intentar convencerla. El intento de homenajear a Galliano recordó de golpe que, aunque la moda lleve visitantes a los museos, nunca han sido lo mismoSegún han reconstruido Jacob Bernstein, Vanessa Friedman y Dana Rubinstein, se discutieron incluso fórmulas para amortiguar el rechazo: cambiar la fecha o el enfoque de la gala y abrir antes la exposición a líderes de la comunidad judía. Más que ignorar el problema, se creyeron con la capacidad de resolverlo.No pudieron. A las críticas políticas se sumaron las de donantes y coleccionistas, y volvió a circular el relato de un supuesto incidente de 2019 en el que Galliano habría reaccionado de forma hostil al escuchar hebreo en un balneario italiano, algo que su representante niega. A esas alturas, el debate había dejado de depender únicamente de Galliano. También alcanzaba al Met y a lo que significaba que una institución de su peso decidiera convertir su regreso profesional en una consagración histórica.La moda posee una extraordinaria capacidad para perdonar cuando el talento o el negocio (sobre todo, el negocio) lo justifican. Un museo responde también ante sus donantes, su patronato, sus representantes políticos y, en el caso del Metropolitan, una ciudad entera. Wintour había conseguido durante décadas acercar esos dos mundos hasta hacerlos uno, incluso cuando el homenaje a Karl Lagerfeld en 2023 provocó protestas por algunas de sus declaraciones sobre las mujeres o el peso. El intento de homenajear a Galliano recordó de golpe que, aunque la moda lleve visitantes a los museos, nunca han sido lo mismo.La magnitud del revés se entiende mejor recordando todo lo que sí consiguió de y para el Met. Desde que comenzó a copresidir la gala en 1995, transformó una cena de sociedad en uno de los acontecimientos culturales más visibles del planeta y en la principal fuente anual de financiación del Costume Institute. En 2014, cuando el museo bautizó el espacio renovado como Anna Wintour Costume Center, calculaba que había recaudado unos 125 mil millones de dólares para la institución. Este año, la gala batió todos sus récords con 42, una parte de los ingresos llevan tiempo reservándose para crear un fondo que, según Andrew Bolton, podría permitir al Costume Institute financiarse por sí mismo hacia 2030 o incluso antes. Wintour construyó su poder llevando al museo dinero, atención y una relevancia que difícilmente habría conseguido sin ella. La paradoja es que ese mismo éxito puede haber contribuido a que el departamento dependa cada vez menos de su capacidad para proporcionárselos.Para entonces, las reservas estaban también dentro del museo. Según ha contado Back Row, la exposición no había recibido el visto bueno del pleno del patronato y había suscitado objeciones internas antes incluso de anunciarse. El sábado pasado, Bolton escribió a su equipo para comunicar que el proyecto seguía adelante; el lunes, estaba cancelado. Que hubiera llegado tan lejos pese a esas resistencias dice bastante de la autoridad acumulada por Wintour dentro de la institución. Que finalmente no saliera adelante dice algo nuevo.La derrota llega además en una etapa de retirada progresiva. En 2025 dejó la dirección cotidiana de Vogue estadounidense, aunque conserva sus cargos globales en Vogue y Condé Nast. No estamos ante una mujer apartada del poder, ni mucho menos. Tampoco ante una mujer libre de haber sido cuestionada. En 2008, la portada de LeBron James junto a Gisele Bündchen fue acusada de reproducir un viejo estereotipo racial; tres años después, Vogue publicó un complaciente perfil de Asma al-Assad cuando el régimen de su marido ya acumulaba denuncias por violaciones de los derechos humanos. En 2020, en pleno ajuste de cuentas de la industria con el racismo, Wintour tuvo que disculparse por no haber dado suficiente espacio a profesionales negros y por haber publicado imágenes y textos “hirientes o intolerantes”. De alguna forma (quizá de muchas), la editora atravesó todas esas controversias sin que ninguna alterase de manera apreciable su autoridad, y eso explica por qué esta vez pudo creer que ocurriría lo mismo, que su voluntad y el resultado final eran prácticamente la misma cosa.Hasta la salida de esta crisis arrastra algo de aquellos trasnoches. El comunicado oficial presentó la cancelación como una decisión tomada junto a Galliano; el diseñador publicó una larga declaración explicando que no quería situar al museo en una posición difícil. Wintour respondió en unas pocas líneas que la decisión de John era “muy valiente” y que tenía todo su apoyo. Después de apostar personalmente por la exposición, la derrota quedó redactada como una retirada del homenajeado.Galliano no desaparecerá: este mismo mes está previsto el lanzamiento de su colaboración con Zara. El Met encontrará otra exposición y volverá a llenar sus escaleras el primer lunes de mayo. La editora conservará sus cargos, su asiento en el museo y una influencia que sería absurdo dar por terminada. Pero es la única de los tres que sale de esta historia con algo menos de lo que tenía: la certeza, compartida por todos los demás, de que al final acabaría saliéndose con la suya.Puede que no sea el final de Anna Wintour. Los finales rara vez se presentan con tanta cortesía. Sí puede ser algo anterior: el momento en que alguien descubre que puede decirle que no y el mundo sigue girando.