La autoridad moral de la directora global de ‘Vogue’ parece mermar por momentos en el juego de tronos de la moda. A la presión financiera interna, la rebelión laboral en sus propios y la nueva dictadura del algoritmo se suma ahora su empeño por redimir socialmente a su diseñador fetiche con la exposición del Met, finalmente cancelada
El crepúsculo de los dioses no avisa con rayos y centellas, ahora se manifiesta con atronador silencio administrativo. El repentino —aunque en absoluto sorprendente— carpetazo a la exposición John Galliano: Horizons, que iba a celebrarse a partir de mayo de 2027 en el Museo Metropolitano de Nueva York, y fulminada antes de nacer por la presión social que siguen generando los viejos y vergonzosos fantasmas racistas y xenófobos del diseñador gibraltareño, puede leerse como una (leve) muesca en el reciente haber de la cultura de la cancelación, pero no solo.
Vendría a ser, sobre todo, la prueba de que el blindaje absolutista de Anna Wintour, principal interesada en la celebración de la muestra, ha empezado a resquebrajarse. Durante décadas, lo que la actual directora global de contenido de Condé Nast decía iba a misa. Hoy, la tozudez por rehabilitar a su creador fetiche le ha costado el mayor revés político e institucional de su carrera, al menos como suma sacerdotisa del Costume Institute, la división de historia del traje del museo que ha remodelado a su imagen y semejanza y una de cuyas alas lleva, precisamente, su nombre desde 2014. Derrotada en su propio feudo, ¿quién lo hubiera imaginado?














