Hay quien no lo cree posible, pero Anna Wintour es capaz de expresar sentimientos, incluso de soltar lágrimas de pura frustración. O al menos lo era. “Estaba llorando. Era la más disgustada y con razón”, recordaba Helen Irwin, la que fuera directora de la revista Viva a finales de los años setenta, cuando les anunciaron que la cabecera cerraba. “Anna era la editora de moda, esas páginas la representaban tanto a ella como a su creatividad. Es comprensible que estuviera más decepcionada que el resto del personal. Perdía su altavoz, y era uno muy potente”.
La anécdota queda recogida en Front Row, la biografía no autorizada que Jerry Oppenheimer escribió de la directora de Vogue Estados Unidos hace un par de décadas, cuando la mujer del impecable corte de pelo bob ya era un icono de la cultura popular. Ya entonces los rumores sobre su retirada se sucedían cada temporada, como lo han hecho en los últimos años. Nunca han sido ciertos, ni siquiera ahora, cuando con 75 años Anna Wintour ha anunciado un tímido paso al lado para dejar espacio a nuevas visiones creativas. Lo anunciaba el jueves en una reunión con su equipo en la que también se encargó de dejar patente, según publica The New York Times, que no piensa irse lejos: “Es mi momento de entrega total a la empresa. No me cambiaré de oficina ni mudaré una sola pieza de mi cerámica de Clarice Cliff. Durante los próximos años centraré toda mi atención en el liderazgo global y en trabajar con nuestro equipo de brillantes editores de todo el mundo”. Vamos, que lo único que abandona es su puesto como directora de la versión estadounidense de Vogue, pero seguirá al frente como directora global de contenidos de todas las revistas del grupo Condé Nast (excepto The New Yorker) en el mundo y como directora artística del conglomerado.












