En el mes de julio estuve enferma. Pasé varias veces por urgencias y mi dolor me fastidió los días de vacaciones en la playa. De vuelta en la ciudad, aquello me concedió cierta legitimidad para quedarme en casa descansando unos días y no volver inmediatamente al trabajo.

El haber sufrido, física y mentalmente, me otorgaba una especie de permiso del dios de los autónomos, una forma de autorización moral para dedicar mis horas del día a hacer nada.