Los productos sin lactosa ocupan cada vez más espacio en el supermercado. Leche, yogures, nata, quesos, batidos e incluso alimentos que nunca han llevado leche destacan esa ausencia en letras grandes. El mensaje se interpreta con facilidad: si no tiene lactosa, debe ser más ligero, más digestivo o directamente más saludable.
Para quien tiene una intolerancia, estas opciones pueden resolver una parte importante de la dieta. Para el resto, no existe un beneficio general por retirar la lactosa. No adelgaza, no desinflama por sí sola, no mejora la digestión de quien ya la digiere bien y tampoco convierte un alimento en más sano.
La lactosa no necesita una defensa exagerada. Podemos seguir una alimentación perfectamente saludable sin beber leche y sin consumir lácteos, siempre que el conjunto de la dieta esté bien planteado. La cuestión es mucho más concreta: eliminar un alimento o un nutriente sin necesidad no mejora automáticamente nuestra alimentación y puede obligarnos a buscar sustituciones que antes no hacían falta.
Antes de llenar la cesta de versiones especiales, conviene saber qué problema estamos intentando resolver.
El problema no es la lactosa, sino no poder digerirla bien










