Sin lactosa, de origen vegetal, desnatada, enriquecida... la variedad de productos lácteos es amplia, sin embargo, en el lenguaje cotidiano es frecuente que los términos se confundan o se utilicen como sinónimos cuando no lo son. Esto pasa a menudo con la intolerancia a la lactosa y la alergia a la proteína de la leche, dos conceptos que describen procesos biológicos totalmente distintos pero son peligrosamente fáciles de confundir.

“La lactosa es el azúcar de la leche, confiere sabor dulce a la leche, al ingerirla proporciona energía. Las proteínas de la leche son caseína y proteína de suero lácteo, además de aporte energético tienen función estructural”, aclara Carmen Aragón Valera, portavoz del área de nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), para empezar por diferenciar los propios nutrientes aludidos y sus funciones.

¿Aparato digestivo o sistema inmunológico?

La diferencia fundamental está en el sistema del cuerpo que reacciona ante el alimento. “Una intolerancia alimentaria implica solo al sistema digestivo mientras que una alergia implica al sistema inmunológico de forma local o sistémica”, explica la doctora Aragón Valera.

La experta también detalla que en el caso de la intolerancia, el origen suele ser “la ausencia o mal funcionamiento de la lactasa, que es la enzima que ‘rompe’ la lactosa en sus componentes para que se pueda absorber”. Cuando esta enzima falla, la lactosa se acumula en el intestino y provoca síntomas como meteorismo (gases), distensión abdominal y diarrea, afirma la especialista.