La comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso para dar explicaciones sobre la crisis de Ceuta ha venido a confirmar que el Gobierno se equivocó a lo largo del mes de agosto al considerar que el percance quedaba cuasi solucionado con la inmediata decisión marroquí de reabsorber a las personas que habían llegado a nado a la playa de El Tarajal. o andando a través del puesto fronterizo. Más de 80.000 personas. Regresaron muchos a Marruecos, la inmensa mayoría, pero no todos. Poco menos de un 10% sigue en Ceuta, menores a los que nadie reclama e inmigrantes subsaharianos en su mayoría.Sánchez no calibró bien a Juan Jesús Vivas, presidente de la ciudad autónoma desde el año 2001. Lleva veinticinco años en el cargo, al estilo francés: alcaldes de larga duración que conocen muy bien el terreno. Alcalde francés en el norte de África, tiene a la ciudad en bolsillo. Político de la vieja escuela, Vivas no es un mamporrero de esos que ahora salen en televisión, pero que no embista no quiere decir que sea un flojo. Sin Vivas, esa crisis es imposible de gestionar. Un desfile de ministros por la ciudad no sirve para nada sin la anuencia o complicidad del alcalde-presidente de Ceuta, miembro del sector caoba del Partido Popular. En esta crisis, tiene más autorictas Vivas que Alberto Núñez Feijóo.Segundo error: no haber calibrado bien la reverberación del acontecimiento de Ceuta en los distintos estratos de la sociedad española. Para los más mayores, voten popular o socialista, han regresado el Barranco del Lobo y el Desastre de Annual, los dos grandes reveses del ejército español en el norte de África en el siglo pasado, ecos de antaño, el mundo de ayer, recuerdos genéticos de la guerra del Rif, que se llevó por delante a los partidos de la Restauración, al general Primo de Rivera y finalmente a la monarquía alfonsina. Rememoración del 18 de Julio en el norte de África, de los fieros soldados musulmanes del ejército sublevado y de la Guardia Mora de Franco. Recuerdos, más recientes, de la humillante salida española del Sáhara Occidental en 1976, de los niños saharauis pasando las vacaciones en la España democrática, y del reciente giro de Sánchez en 2022, ese adiós al Frente Polisario, nunca debatido en el Parlamento, que Podemos acató para no romper el gobierno de coalición.La comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados este juevesDani Duch / PropiasToda esta carga político-sentimental le ha estallado en las manos al presidente del Gobierno este verano, mientras creía que tenía la situación controlada porque el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, el poderoso Nasser Bourita, directamente conectado con el rey Mohamed VI, prometía a José Manuel Albares que Marruecos reabsorbería a todos a sus nacionales que habían cruzado la frontera, asegurando a la parte española que el gobierno de Rabat no provocó la estampida. Puede que eso sea cierto, lo cual no quiere decir que el Estado marroquí nada tenga que ver con lo ocurrido. También hay zafarrancho en los círculos de poder de Rabat. Hay elecciones legislativas en Marruecos el próximo 23 de septiembre.Es posible que quienes instigaron la estampida estén ahora sorprendidos por la magnitud del evento, puesto que esa avalancha de más de 80.000 personas delata el profundo malestar de la juventud marroquí, que ya se puso de manifiesto ahora hace un año con la protesta de la denominada generación Z, manifestaciones que duraron varios meses y acabaron mal. Pedían mejores servicios públicos, menos corrupción y menos dispendio en estadios de fútbol. Tres muertos, centenares de heridos y 1.400 personas procesadas. Sin esa oleada de protestas, iniciada hace ahora un año, probablemente no se entiende lo ocurrido a finales de julio en Ceuta.Bourita ofreció una reabsorción rápida del hematoma, pero esa promesa, en buena medida cumplida, no cerraba el trauma. El Barranco del Lobo, mito de una España humillada por los moros, ha regresado este verano a una sociedad española muy tensada políticamente, confusa e incierta ante el futuro. No era posible una solución rápida, fría e indolora de una crisis descomunal, que el magnate Elon Musk, el hombre más rico del mundo, viralizó de inmediato con una serie de mensajes en X, red de la que es propietario, con imágenes de zombis salvajes saltando la muralla de una ciudad fortificada. “Esto es lo que pasará en Estados Unidos si vuelven a ganar los demócratas”, decía el mensaje de Musk, siempre al servicio de Donald Trump. Saquen sus conclusiones. Sánchez optó en agosto por una actitud que también está inscrita en la tradición española: impasible el ademán. Error. La sesión parlamentaria de ayer giró sobre ese error. Sánchez es un político muy resistente -lo ha vuelto a demostrar en el Congreso- pero no un titán homérico de una película de Christopher Nolan. Esos titanes sólo existen en el cine. La resistencia del actual presidente del Gobierno reposa sobre un sistema de refrigeración mental que le permite enfriar y tomar distancia de las tensiones que le rodean. Hay gente con un fuerte blindaje psicológico y Sánchez es uno de ellos. Ese mecanismo de refrigeración, sin embargo, es incompatible con el “sentido dramático de la historia”. Las personas situadas en el polo opuesto, con un termostato muy sensible, con gran capacidad de evocación, suelen sufrir y por lo general son incompatibles con la política profesional.Sánchez empieza a modular su discurso sobre Marruecos y la derecha busca, por caminos diferentes, que el Tribunal Supremo apuntille al presidenteNo hay capacidad de resistencia sin una cierta insensibilidad. En política, para solventar eso están los consejeros y asesores. Es posible que a Sánchez le hayan fallado los asesores este verano. La España de derechas ha querido recordar el Barranco del Lobo, y la España de izquierdas, la Marcha Verde, la aviesa astucia de Hassan II con Henry Kissinger detrás, y la posterior humillación del pueblo saharaui, ahora abandonado por casi todos. Sánchez ha quedado en medio de ambos movimientos emocionales. Aislado en la política interior y apuñalado por 22 gobiernos europeos en la política exterior. No es fácil superar eso. Aislado en los dos frentes. Ante esta grave circunstancia, algunas instancias policiales españolas han vuelto a sentir el reclamo de la foresta. Sectores del aparato del Estado que operan de manera autónoma en una situación de grave crisis política. Ocurrió en octubre/noviembre del 2017, a raíz del espasmo catalán, y vuelve a ocurrir ahora, con el espasmo marroquí. Uno de los errores de Sánchez ha sido no activar la escenografía estatal con toda la trompetería disponible, para disciplinar e invocar el orden. Orden, el gran tema de nuestro tiempo. Los actos litúrgicos disciplinan. Un Consejo de Ministros en Ceuta, por ejemplo.Estos han sido los ejes del debate en el Congreso. Seguramente consciente de los errores cometidos el pasado lunes ante los micrófonos de la cadena Ser, el presidente del Gobierno ha endurecido un poco el tono sobre Marruecos -sólo un poco-, ha reivindicado la prudencia, ha rebajado las alusiones a Rusia e Israel, sigue sin mencionar a Estados Unidos -atención a este dato, es muy relevante-; ha anunciado que el Rey viajará a Ceuta en las próximas semanas (aún no hay fecha), ha prometido publicar un dossier con todos los informes policiales y de inteligencia recibidos por el Ejecutivo durante los días y horas anteriores a la crisis, ha planteado iniciativas para una mayor europeización de Ceuta y Melilla (entrada en la Unión Aduanera, lo cual significaría un cambio en el estatus fiscal de las dos ciudades), y ha ofrecido el máximo apoyo a los ceutíes, con un emotivo mensaje directamente dirigido al hombre de la calle. La emotividad es otro de los puntos débiles de Sánchez, por las razones que comentábamos antes.El presidente del Congreso arrancó su discurso recordando que los leones de bronce de la escalinata del Congreso fueron fundidos con los cañones requisados a los marroquíes en la batalla de Wad-Ras en 1860, punto final de la primera guerra de África. Tras esa batalla se ampliaron los límites de las ciudades de Ceuta y Melilla, y España se hizo con la posesión de Sidi-Ifni, al sur de Agadir, devuelta a Marruecos en 1969. Hace quince días, Sánchez ni en broma habría empezado un discurso en el Congreso evocando la batalla de Wad-Ras.Victoria política de la derecha española, que ha mostrado dos estrategias convergentes, con puntas separadas. Vox quiere activar el artículo 102 de la Constitución para que el Tribunal Supremo juzgue a Sánchez por “alta traición”. Esta acusación debería ser presentada por el 25% de los diputados (Vox no los tiene) y aprobada por la mayoría absoluta del Congreso, esto es, necesitaría los votos de Junts. En caso de ser aprobada, el Tribunal Supremo debería investigar y decidir la apertura de juicio. En caso de resultar condenado, el reo no podría ser indultado. Un impeachment. Jamás se ha activado ese artículo de la Constitución en España. La vía del 102 fue públicamente sugerida el pasado mes de junio por el veterano jurista Pedro Cruz Villalón, ex magistrado el Tribunal Constitucional, en un artículo publicado en el diario El Pais, tesis posteriormente apoyada por el periodista José Antonio Zarzalejos en El Confidencial. Hoy es bandera de Vox.En una intervención dura e implacable, Núñez Feijóo también hizo alusión al Tribunal Supremo, pero ello no quiere decir que el PP vaya a dar sus votos a Vox para la aventura del 102. No, por ahora. El PP confía en una progresión de la instrucción abierta por la juez María Tardón de la Audiencia Nacional, y contempla la posibilidad de que el asunto salte al Supremo, con la consiguiente entrada en escena de la Sala Segunda, rompeolas de todos los cataclismos políticos en España.Conclusión del debate: Sánchez empieza a reconfigura su discurso, seguramente consciente de los errores cometidos; el PP redobla su apuesta por la vía judicial, y Vox dirige la batalla ideológica desde el fondo del Barranco del Lobo. El presidente del Gobierno ha sido calificado de traidor, de estar vendido a Mohamed VI, de ser objeto de un implacable chantaje de Marruecos, pero nadie habla de moción de censura. Los jueces están convocados a clausurar la legislatura.Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)