El Estado no es una estructura inocente. Cada vez que los funcionarios toman una decisión o ejecutan una política pública se pone en funcionamiento una forma de hacer, de entender, de priorizar y afrontar los problemas. Y esa manera de tramitarlos y jerarquizarlos expresa y pone de manifiesto qué mirada se tiene sobre la cuestión a gestionar. Por ejemplo, el "sinhogarismo" y los padecimientos que atraviesan las personas en situación de calle, pueden abordarse bajo una impronta de higienismo social, que responsabiliza, estigmatiza y/o criminaliza a quienes se encuentran en esta situación o desplegando una diversidad de políticas (habitacionales, de salud mental y física, de acompañamiento, de carácter comunitarias) orientadas a la reparación y superación progresiva de esa situación problemática. Ambas formas de resolución no tienen que ver necesariamente con el tamaño del Estado, sino con su sentido y su propósito. Lo que hay que definir es si el Estado es un instrumento para potenciar la vida en común o para perpetuar la desigualdad. Son dos tipos de sociedades donde la vida de las personas es bien distinta. Lo es para los sectores mejor posicionados y también para quienes se llevan la peor parte.
Qué tipo de Estado y para qué
“Hay que definir si el Estado es un instrumento para potenciar la vida en común o para perpetuar la desigualdad”, sostiene la autora. “El Estado necesita comprender y decodificar la realidad. De lo contrario incurre en errores y reproduce estigmas, que refuerzan la exclusión”, agrega.










