Vive Morente leo en un dibujo en una pared frente al bar Provincias donde entro a tomarme dos cañas furtivas y camino del siguiente bar veo el rostro de Lorca sonriente en la bolsa de tela colgada del hombro medio rojo por el sol de una turista que no sonríe y en el tren que me trae a la ciudad y al pasado, pues los trenes que nos llevan a las ciudades donde nacimos emprenden dos viajes, en ese tren veo la silueta de la Alhambra y arriba el Generalife apuntados bajo un sol tímido que estallará a media tarde como una supernova.

Granada ha temblado durante semanas, agitada como está por la muerte y los muertos que no descansan desde el lejano 1936, manchadas las tapias de sangre que nadie ha limpiado. Esa es la sangre que alimenta la ciudad, un río como de óxido debajo del río tapado por el asfalto. Esta es la ciudad de los muertos y el rey de esos espectros es Lorca, al que se va a conjurar esta noche en una ceremonia que otros llaman concierto en la que sobrevolarán fantasmas y presencias y espíritus, el de Leonard Cohen, el de Jesús Arias, el de Enrique Morente. Las canciones salían entonces, éramos niños casi, no éramos hombres, de un cd comprado con el dinero malahorrado de poner copas en el bar donde una noche conozco a Antonio Arias, dos, tres años después de lo que él llama el tsunami o quizá no usa esa palabra y mi memoria la sustituye por la que usó, el tsunami al que sobrevivió y yo lo llamé victoria pírrica y a él le gustó ese término.