El mejor restaurante. Aquella playa secreta que ya no lo es tanto. Los monumentos que no hay que perderse. Lo que hace no tantos años tenía que buscarse en voluminosas guías de viajes hoy está en las redes y de forma muy particular en los perfiles de muchos influencers. Barcelona no escapa de esta tendencia y son miles los vídeos en Instagram y TikTok que prometen, en menos de un minuto, recomendaciones de enclaves imperdibles de la ciudad. Los creadores de contenido presumen de señalar a sus seguidores las mejores calles para sacar fotos, los edificios históricos y museos, muchos ya conocidos, pero también sitios “secretos”, o restaurantes que “no están en las guías” o “donde frecuentan los locales”. Los turistas, que buscan una ciudad auténtica, son guiados por las redes y encuentran con frecuencia los mismos atractivos de siempre pero una gastronomía cada vez más reconocible en otras grandes ciudades del mundo: brunch de tostadas de aguacate con salmón, cafés de especialidad, matcha, panaderías artesanales, bodegas. Lidia Izquierdo (Barcelona, 21 años) creadora de contenido con 280.000 seguidores, conoce bien esa dinámica. “Todo es un negocio, lo tengo clarísimo. Si voy con mi familia a un restaurante bueno pero normal, no lo publico”, afirma.Para quienes trabajan con las redes sociales, el negocio se sostiene, en parte, sobre las colaboraciones pagadas: los establecimientos, sobre todo los nuevos, buscan visibilidad en los grandes perfiles y los influencers encuentran en ellos una fuente de ingresos. La Sagrada Familia, la Casa Batlló o La Pedrera, Parque Güell, indispensables en cualquier recorrido turístico por Barcelona, siguen entre las recomendaciones, aunque adaptados a las redes sociales. Ahora, lo que los creadores explican, por ejemplo, es qué salida de metro conviene tomar para encontrar la mejor perspectiva para el story o como es la experiencia en la casa de Gaudí por la noche. Los influencers que muestran Barcelona en sus perfiles no necesariamente viven de forma permanente en la ciudad, ni dedican todo su contenido al turismo. La mayoría se presenta bajo una etiqueta mucho más amplia, la de creadores de lifestyle, moda o contenidos variados. Es el caso de Yann Piette, un creador francés que pasa temporadas en Barcelona, o de las polacas Julia y Natalia Orda, que juntos suman más de medio millón de seguidores y comparten en Instagram su vida entre distintas ciudades. Bajo el paraguas del lifestyle cabe casi todo, desde un brunch recién inaugurado hasta un nuevo estudio de pilates, las rebajas de una tienda o un masaje promocional. Una rutina que difícilmente esté al alcance del bolsillo de buena parte de los vecinos de la capital catalana. Los creadores defienden que el contenido que comparten responde a su propia experiencia de la ciudad, una Barcelona cotidiana que presentan a sus seguidores a través de rutas, restaurantes y lugares que consideran singulares. “Muestro siempre mi vida cotidiana, de la manera más natural posible, siempre buscando no hacer un personaje”, cuenta Lídia. Sin embargo, para la estudiante de doble grado en educación, las redes son la principal herramienta de trabajo, lo que significa que ni siempre puede escoger exactamente qué recomienda. “A veces no me gusta un determinado restaurante, pero tengo que publicarlo por ese trabajo [remunerado]. Siempre miro antes las evaluaciones en Google Maps para asegurarme de que será un buen lugar”, explica.Según la encuesta de turistas de Barcelona de 2025, uno de cada cuatro visitantes utilizó las redes sociales o blogs para planificar su viaje, con Instagram y TikTok entre las plataformas destacadas. El interés por la gastronomía tiene también un peso importante a la hora de recorrer la ciudad: el 56,5% de los turistas afirmó haber pasado por bares o cafeterías durante su estancia, establecimientos que ocupan buena parte de las recomendaciones que circulan en las redes sociales. Gabriele Pletaite (Lituania, 30 años) también comparte desde hace años su vida cotidiana en Barcelona a más de 100.000 seguidores. Tanto ella como Lídia explican que una parte importante de quienes las siguen está fuera de la capital catalana, especialmente en otras partes de España y en países de Latinoamérica, y utiliza sus contenidos para descubrir qué hacer cuando visita la ciudad. “Buscan lugares innovadores, agradables y únicos que provoque algun tipo de sentimiento de novedad pero también un poco de confort”, comenta Gabriele. Los geógrafos estadounidenses Pascale Joassart-Marcelli y Fernando J. Bosco denominan foodification a la transformación de determinados barrios por la proliferación de restaurantes, cafeterías y tiendas especializadas dirigidos a un público que no necesariamente vive allí. En un estudio publicado en la revista académica británica International Journal of Urban and Regional Research (IJURR), compararon los paisajes gastronómicos de Buenos Aires, Los Ángeles y París y encontraron “sorprendentes similitudes” entre ciudades muy distintas. Los investigadores concluyen que estos nuevos establecimientos, aunque se presentan como locales, artesanales y auténticos, reproducen versiones cada vez más parecidas y atraen especialmente a “consumidores jóvenes, cosmopolitas y con mayor capacidad adquisitiva”.Joassart-Marcelli y Bosco señalan también barrios con una identidad gastronómica ya consolidada cuyo carácter popular, cotidiano y aparentemente poco sofisticado se convierte en un valor. El estudio muestra cómo antiguos restaurantes, mercados y establecimientos frecuentados tradicionalmente por vecinos pasan a promocionarse como lugares “auténticos”, “sin pretensiones” o “de toda la vida”, mientras a su alrededor aparecen nuevos negocios que reinterpretan esa identidad para atraer a consumidores de fuera. Algo que ocurre en la Barceloneta, un barrio con una larga tradición gastronómica marinera, donde el paseo de Joan de Borbó ha ido cediendo espacio a este tipo de comercios (abunda la oferta para comer paella), dirigidos también a un consumidor que no vive en el barrio.La incomodidad por promocionar una oferta gastronómica cada vez más estandarizada llevó a Gabriele a poner un límite a este tipo de colaboraciones y a orientar su contenido publicitario hacia el ámbito cultural. “Un brunch es mucho más caro que un café de toda la vida. No soy catalana, pero tengo un vínculo con la ciudad y no es lo que quiero que pase en Barcelona. La publicidad de estos lugares seguirá igual, pero yo no quiero promocionar este tipo de negocios”, explica.