Lo único que Jairo Berrío Mendoza pudo hacer, para tapar así sea un poco lo que le sucedió, fue darle la vuelta a su colchón. Ocultar contra las tablas esa mancha amarilla con negro de casi un metro de diámetro, que todavía huele a ese particular hedor de la tela quemada. El plano general de su casa, ubicada en Chagualá, en zona rural de Coello (Tolima), es, no obstante, inocultable: la puerta entera, hecha en aluminio, se quemó tanto que parece haberse fundido con el marco y no abre. Lo que en algún momento fue su portón ya no existe, ni las plantas que lo adornaban. La fachada, que era de ladrillo, tiene manchas negras de casi un metro y medio. Todo el pasto alrededor está hecho ceniza. Como él, centenares de campesinos padecen una emergencia nunca vista en la región.Jairo Berrío Mendoza, campesino de Chagualá en Coello, Tolima.Foto:Jhoan Sebastian Cote LozanoEL TIEMPO recorrió varias de las zonas afectadas y acompañó a campesinos, soldados, bomberos y organismos de emergencia que llevan semanas enfrentando las llamas. Desde Coello hasta las montañas que rodean Ibagué, el recorrido permite dimensionar una emergencia que ya golpea viviendas, cultivos, ganado, fuentes de agua y fauna, mientras nuevos focos aparecen después de que otros son controlados. Detrás de algunos focos, además de las condiciones asociadas a la temporada seca, las autoridades investigan acciones provocadas por personas y la posible participación de estructuras armadas.Montañas tolimenses, en llamas.Foto:Daniel López El TiempoMendoza, en Coello, alzó una casa no más grande que un almacén. A un costado de ella está una bicicleta tostada, con las llantas derretidas y en el sitio donde el reciente incendio la aplastó. “La bicicleta es con lo que le rinde a uno, porque moto ni tengo. Le da a uno tristeza mirar las vainas que uno consigue todas quemadas. Esa bicicleta estaba buena, le faltaba solo una manita de arreglo y vea cómo me la dejó la candela”, le dijo a este diario.Le da a uno tristeza mirar las vainas que uno consigue todas quemadasJairo Berrío MendozaEste lugar, con todo y esta catástrofe, es apenas una fotografía de una galería de incendios que ya consumieron hasta 50.000 hectáreas en la región, según datos oficiales de la Gobernación del Tolima. Un huracán de fuego pasó por la vereda La Joya, zona rural occidental de Chagualá, hace un par de días, y con él se llevó el color del pasto, de las casas y de los bosques. Los vecinos sacaron el ganado a la carretera, estrellando sus lomos unos con otros en estampidas. Bienes muebles e inmuebles quedaron petrificados ante las llamaradas. Un huracán de fuego pasó por la vereda La Joya, zona rural occidental de Chaguala, hace un par de días, y con él se llevó el color del pasto, de las casas y de los bosques. La comunidad recuerda como las llamas alcanzaron hasta 15 metros de altura y un sonido parecido al de los ventarrones, pero que traían fuego en su interior. La escena era un caos. Las gallinas no se decidían entre correr y volar, despavoridas. Los vecinos sacaron el ganado a la carretera, estrellando sus lomos unos con otros en estampidas. Bienes muebles e inmuebles quedaron petrificados ante las llamaradas. A algunos, como Berrío Mendoza, el fuego se abrió paso hasta tocarles sus enseres más sensibles. Este hombre ya no puede dormir tranquilo, ni física, ni emocionalmente. Su vereda se recupera, rotulada, ahora, como región de incendio controlado.Así quedó la bicicleta de Berrío Mendoza.Foto:Daniel López El TiempoDiana Marcela Gutiérrez, presidenta de la junta de acción comunal de Chagualá, quisiera tener 10 pares de manos, pues coordina las ayudas que llegan de toda Colombia a su vereda. Debe atender casi mil personas. Su rostro es explícito, con sendas ojeras, como quien lleva semanas sin dormir. La emergencia departamental ya cumple tres de ellas. Su casa es centro de recepción de mercados, agua y de coordinación de ayudas. Lo que era su sala, ahora es centro de acopio. Los peluches de su hija se confunden entre montañas de alimentos no perecederos. “Es algo duro describir cómo en un segundo, en un momento, quedó mi vereda. Ver cómo quedó, me parte el corazón”, dijo. Y este esfuerzo, por titánico que sea, aquí tan solo apacigua una de las múltiples tragedias que permanecen en todas direcciones del departamento.Desastre totalPartiendo de Bogotá, la tragedia por incendios se evidencia pronto, bajando por Chinauta. Una mirada panorámica de las montañas devela que el humo inundó el cielo, difuminando los rayos del sol en una densa capa. El olor a quema es permanente y agresivo. Los ojos se enrojecen por los gases tóxicos. A solo unos metros de la reconocida Nariz del Diablo se evidencia un foco entre la maleza. El humo rompe hacia el cielo, ante la mirada de pobladores que paran sus motos y bicicletas en la carretera, incapaces de hacer más. Imágenes como está se repiten una y otra vez, más adelante, en Girardot, Coello, San Luis, Suárez, Venadillo, Lérida, Ambalema, Armero Guayabal, Carmen de Apicalá, Coyaima, Rovira, Guamo, Ataco, Planadas y Rioblanco. Son 507 veredas afectadas. Es una emergencia departamental.507veredas afectadasDe noche, el retrato es aún más dramático, pues las montañas están heridas en fuego, como si las hubiesen acuchillado y de sus bosques brotasen llamas. Casi siempre en diagonal, desde las copas, porque las brasas consumen todo hacia abajo, en un proceso que parece lento pero que se toma metros por segundo. De hecho, la gobernación reporta que 174.306 hectáreas están en riesgo inminente por pérdida de forraje. Es decir, cualquier material vegetal, como hojas, tallos o plantas enteras. Hay que detenerse en esa cifra, pues es comparable con casi la dimensión total de Bogotá. La carretera que lleva hacia Ibagué es espectáculo de desolación, pues en todas direcciones de las montañas está naciendo fuego y la noche lo hace más evidente en un contrate, a todas luces, infernal.Foto:Daniel López El TiempoContenidoDentro del incendioJosé Mauricio García está de afán porque unas vacas que tiene en un lote de la cabecera municipal de Suárez, al oriente tolimense, se le metieron a una finca vecina. Antes de arriar el ganado, se detiene en el puente que se eleva sobre el Río Magdalena, a orillas del municipio, para ver como un helicóptero de la Fuerza Aérea le pide prestada agua a ese afluente para llevarla a la vereda Sinaí, unos cinco kilómetros hacia el bosque, donde el fuego ya se comió dos montañas. A sus problemas de campesino promedio se le suma un chicharrón de alto rango, pues esa llamarada amenaza, justamente, con tumbarle la casa donde vive en el campo. No tiene como escaparle a esa imagen, pues hay tres focos de incendio en la cordillera que rodea su ciudad y dos de ellos apuntan a su hogar.Foto:Daniel López El TiempoContenido“Todos estamos perdiendo. Los que van a leer esto también. El sustento de los colombianos nace en lugares así. Los animalitos ya no tienen que comer. Esta situación es como si fuera el fin del mundo. Año tras años nos pasa, pero nosotros lo dominábamos. Le poníamos la pata. Pero ahoritica lo apagamos y vuelve y se prende. No sé qué pasa. El único que nos resuelve es mi Diosito, que esperemos nos traiga una lluvia bien grande”, dijo García. Para llegar a su casa hay que recorrer unas cuantas veredas hacia el oriente. En el camino, decenas de campesinos vecinos se arman con motos de bajo cilindraje, botas, pañoletas, machetas y maquinas fumigadoras amarillas, dotadas con galones de agua. Avanzan hacia el cerro del Rusio, porque una emergencia de esta magnitud ya es asunto de todos. Llevan tres semanas sin descanso.Esta situación es como si fuera el fin del mundoJosé Mauricio GarcíaAl llegar a la finca de García espera un pelotón especializado en gestión del riesgo del Ejército, un puñado de bomberos y la comunidad. Todos están listos para arriesgar su vida, no solo porque las llamas están tumbando todo a su paso, sino porque ese mismo grupo de soldados, también dotados con fumigadoras, esta semana fue amenazado por las disidencias de las Farc, diciéndoles que, si seguían matando el fuego, les iba a caer una bomba de dron que los iba a despedazar en plena montaña. En este país, como suele pasar, hay que seguir adelante. El grupo camina hacia el foco del incendio y eso le tomará una hora. El paisaje es árido y la temperatura levanta más de 35 grados. En el camino hay animales muertos, árboles secos y la escena de dos fuerzas que, minuto a minuto, están por encontrarse: el fuego y el agua.Un guía campesino, cuya finca colinda con la de García, lleva al grupo a la zona de interés, a pocos metros del foco. Un nacimiento de agua abastece las fumigadoras, que pasan de ser cascarones a pesar 45 kilos para los soldados. Ello le rompería la espalda a cualquiera y, por ello, cada movimiento debe ser milimétrico. El Ejército mide cada esfuerzo en términos de tiempo, distancia y potencia de piernas. Se toma camino hacia arriba, entre árboles, chamizos y piedras, pero pasada media hora el guía, sin querer, hace perder el equipo. Uno de los soldados dice que no se mueve un metro más hasta dar con el lugar preciso del incendio. Sin embargo, es la llamarada misma la que avisa donde está, casi como retando al grupo. Ese vendaval de fuego tiene voz propia y dice que está unos 15 metros arriba.45 kilosEs el peso que puede llegar a tener un bidón con aguaComunidad campesina y Ejército, juntos para frenar la catástrofe.Foto:Daniel López El TiempoEl grupo de soldados y campesinos se divide. Deben atender la conflagración desde todos los costados, cercándola a su mínima expresión. Se comunican con gritos de “¡Eo!” para avisar donde están. La idea es darle a ese baile de fuego varios pasos hacia atrás hasta reducirlo. De las partes ya apaciguadas brota humo como si la tierra misma fuese una caldera. Foto:Daniel López El TiempoContenidoFuego en el corazón de la montaña de Suárez, en el sector conocido como el cerro del Rusio.Foto:Jhoan Sebastian Cote LozanoApagando incendios.Foto:Daniel López El TiempoY cuando ya queda solo un área menor a la de un baño prendida en fuego, aparece el rematador del asunto: el helicóptero que hizo amistad con el río Magdalena a favor de las montañas de Suárez. El vehículo se posa sobre la zona, botando una lluvia de agua que aplasta la llamarada y la desaparece. Los soldados celebran tal precisión y se sientan, mientras el tenue rocío restante del agua les calma el rostro. Aquí el trabajo está hecho, después de cinco horas.Foto:Jhoan Sebastian Cote LozanoContenidoMetros abajo, con la jornada chuleada, el grupo se encuentra con otro conjunto de campesinos matafuegos que hacía lo mismo en un punto cercano y que está liderada por Fredy Quimbayo, uno de los vecinos que tiene una finca con las llamaradas al cuello. Lo acompaña la mula Chupeta, la cual carga dos bidones de agua a su costado. “Tenemos que estar unidos. Así siempre somos más. Yo nací y crecí en este lugar, me conozco la zona como la palma de mi mano. Es muy triste ver esto como está. Con este verano todo se acaba. Sufren los animales, sufren las plantas, nosotros también. Me quedo con la parte afectiva. Uno se siente muy emocionado cuando encuentra apoyo de la gente, de la comunidad, del vecino”, le dijo a EL TIEMPO. El día quedó salvado, mañana hay más incendios que resolver.Comunidad campesina de la vereda Sinaí, en Suárez.Foto:Daniel López El TiempoManos criminalesDe acuerdo con la Gobernación del Tolima, los incendios ya dejan más de $134.000 millones en pérdidas económicas, alrededor de 42.451 toneladas de alimentos perdidos y hasta 3.262 viviendas afectadas. La federación de ganaderos Fedegán establece que, en 22 municipios, son hasta 1.136 los afiliados que reportan perdidas. Las autoridades establecen que alrededor de 163.000 animales podrían morir en los próximos días por falta de alimento. La gravedad del panorama obligó a las autoridades nacionales y regionales, así como al Ejército, Policía y Fuerza Área, a liderar un Puesto de Mando Unificado permanente en la Escuela Nacional de Entrenamiento Policial, de Gualanday, que también es víctima del fuego, porque todas sus montañas alrededor están tostadas.Serpiente cascabel calcinada en una de las montañas de Coello.Foto:Daniel López El TiempoAl interior de la escuela, están también los bomberos de la región. Uno de ellos, quien solicitó ocultar su nombre, lleva dos semanas seguidas trabajando sin descanso. Su madre, a la par, por afecciones del corazón no relacionadas con los incendios, está en una Unidad de Cuidados Intensivos en un hospital de El Espinal, con la llama de su vida a la espera de reencender o apagarse. Este ser humano está roto en dos, pero sigue trabajando. Se quiebra con un par de preguntas. “Estoy llamando cada rato, porque qué más”, dice. Su historia permite preguntarse, ¿Cuántas personas atienden estas tragedias focalizadas con su propia casa en llamas?El bombero de El Espinal, con un drama humano en medio de esta tragedia.Foto:Jhoan Sebastian Cote LozanoEl comandante de la Quinta División del Ejército, el Brigadier General Carlos Ernesto Marmolejo, es otra persona que permanece allí y que, por esta época, vive apagando incendios. No solo coordina a los soldados que merman los fuegos de la región, sino también a los que combaten la criminalidad enquistada en esas mismas montañas. En diálogo con EL TIEMPO, explicó que se tienen identificadas manos criminales detrás de la emergencia. “Hay presencia de disidencias, tanto de la facción de Mordisco como de la de Calarcá, que podrían estar buscando llevar la institucionalidad al extremo y demostrar capacidad. Se han encontrado elementos, recipientes con combustible y ya hay capturas. Los criminales tercerizan la acción pagando a terceros que queman los bosques”, señaló.Fuego en el corazónEn una de las fincas de Cunira, en zona rural de Coello, a pocos metros de la carretera que conduce a Ibagué, hay una cajita que guarda una ilusión. Está al interior de un carro de la Corporación Autónoma Regional del Tolima (Cortolima), cuyos funcionarios prestan atención a los resultados de la mitigación de un incendio en una montaña cercana. La caja contiene una zarigüeya bebé que cabe en una mano y que sobrevivió al fuego. Su pancita está quemada y respira rápido, casi dos veces por segundo. Lo que una llamarada de quince metros es para un ser humano, para ella debió ser como si el mundo se viniera abajo. Se trata de uno de los 22 animales que Cortolima ha rescatado desde el inicio de la emergencia, que también ha roto el ecosistema de la fauna.El animal bebé que ya está en un centro especializado de recuperación.Foto:Daniel López El TiempoOcelotes. Zarigüeyas. Iguanas. Azulejos. Osos Hormigueros. Armadillos. Serpientes. Todas estas especies han muerto abrasadas entre las llamas, impotentes ante el voraz paso de los huracanes de fuego. Daniela Guzmán es la investigadora de Cortolima que camina la región buscando animales para rescatar y llevar al centro de atención especializada de la entidad. “El impacto es masivo. Se ve afectado tanto el bosque nativo como las fuentes hídricas. Esto será un trabajo arduo, de muchos años, para recuperar nuevamente nuestro ecosistema”, concluyó. El ecosistema muere metro a metro. Basta con alzar la cabeza, en cualquier dirección, para notar las calderas. Los apagan y regresan. Cada vez son más. Tolima se consume en sí misma, teñida de rojo en su horizonte, y las labores para contrarrestar ello, aunque poderosas, parecen cortas ante la dimensión del desastre.Foto:Daniel López El TiempoContenidoJhoan Sebastian Cote Lozano y Daniel López - Enviados especiales a Tolima de EL TIEMPO