Acaba el verano y no refresca en Ceuta, cada vez más caliente. Hay violencia en la calle: trabajadores humanitarios de Cruz Roja agredidos y grupos organizados que bloquean los alimentos para los migrantes. Por supuesto no faltan agitadores dispuestos a comprobar en cada dana, incendio o crisis migratoria, dónde está el borde incandescente y cómo llevarnos a él.
Ahora sabemos que ni siquiera una emergencia como la de Ceuta —crisis geopolítica, europea, doméstica y social al mismo tiempo— va a empujar a los dos grandes partidos a alcanzar un acuerdo en algo. O al menos acercarse. O siquiera a hablar, por Dios.











