Las imágenes de Ceuta han dado la vuelta al mundo. Reflejan dramáticamente los problemas de nuestro tiempo, los desequilibrios sociales y entre territorios y regiones. Han mostrado la acritud del debate político en torno a la emigración. Y han causado otro grave episodio de división europea, con más países dispuestos a explotar para uso interno los problemas de los demás que a ejercer una cooperación leal para proteger una frontera exterior común. Una masa humana en movimiento que ha dejado detrás cerca de 140 muertos, según los cálculos de algunas ONG, y supera en intensidad a los boat people de Vietnam o a los balseros cubanos. Solo es comparable a la huida de una guerra como las de Siria o Ucrania. Pero ese no era el caso de Marruecos.Las distintas formas de llamar a lo ocurrido —crisis migratoria, invasión, atentado a la soberanía nacional, complot internacional, etcétera— interpretan implícitamente sus causas. Pero, en cualquier caso, 78.000 personas que asaltan en pocas horas una frontera es una verdadera explosión humana. Y toda explosión, accidental o provocada, necesita un detonador para inducir la reacción en cadena de la masa explosiva. Como cuando el fuego de la mecha alcanza la pólvora. O cuando basta una narrativa para provocar una avalancha, porque los seres humanos a diferencia de las partículas de un explosivo, tenemos expectativas y actuamos de acuerdo con ellas La masa reactiva es fácil de identificar, pero conviene decirlo. La crisis social en Marruecos se complementa con la acumulación de emigrantes subsaharianos que están bloqueados, ni para atrás ni para adelante, esperando una oportunidad para cruzar un brazo de mar o una alambrada en su camino hacia Europa. Sabemos por propia experiencia que el crecimiento económico sin desarrollo social genera crisis. Y que, a veces, la única salida que se percibe es el exilio. Esa es la situación de muchos jóvenes marroquíes cuya educación —un 70% ya tiene el bachillerato— ha crecido más rápidamente que sus oportunidades. El paro juvenil supera el 35% y afecta especialmente a las mujeres y a los titulados. Y eso genera una frustración que les empuja a buscar oportunidades fuera.No es que la economía marroquí vaya mal. Al contrario, crece al 5% con una inflación controlada; baja deuda pública; una de las tasas de inversión más altas del mundo (32% del PIB), solo por detrás de China; e inversión extranjera en rápido crecimiento en sectores como el automóvil, la aeronáutica y las energías renovables.El empleo crece, casi 200.000 empleos netos en 2025. Pero la mitad de los que alcanzaron la edad de trabajar no se incorporaron al mercado laboral, y la tasa de actividad sigue siendo una de las más bajas de las economías emergentes. La estampida humana de Ceuta muestra cómo un relato basado en parámetros macro no basta si las desigualdades persisten y la creación de riqueza no se corresponde con la percepción social. Que el malestar social sea compatible con una tasa alta de crecimiento del PIB no es un fenómeno exclusivo de Marruecos. Se podría decir lo mismo de nosotros, que con la mayor tasa de desempleo juvenil de Europa no estamos para dar lecciones. Allí y aquí el problema es político e institucional: cómo aumentar la productividad del conjunto de la economía, la verdadera fuente de progreso, en vez de recrearse en el número de puestos de trabajo de baja retribución creados en sectores de baja productividad estructural. Y esa masa reactiva sigue ahí. No va a desaparecer sin profundas transformaciones que escapan a nuestra capacidad, pero que deberían inducirnos a impulsar un nuevo pacto para el desarrollo para contribuir mucho más a combatir las causas profundas de la emigración.Sé que una cuestión de esta trascendencia no se puede despachar con cuatro frases bien intencionadas. Pero es el gran tema de fondo que quieren ignorar los partidarios de la Europa Fortaleza. Durante demasiado tiempo he visto cómo nuestro discurso sobre democracia y derechos humanos escondía en realidad la preocupación por la estabilidad política y la contención de la emigración. Y creo que una visión exclusivamente securitaria en realidad nos debilita. Sobre el detonante, parece incuestionable que el más importante ha sido la difusión masiva por las redes sociales de una noticia, cierta: la sentencia del Tribunal Supremo, que no es el momento de comentar sino de acatar, sobre la no devolución en caliente de quien llegue a nado, por no implicar que haya “forzado una barrera física”. Pero deformando su interpretación y acompañándola de otras noticias absolutamente falsas, como que la frontera estaría abierta. Multitud de videos difundían los métodos para cruzar la frontera y la idea de que no habría expulsiones. Así hemos aprendido que la desinformación puede matar, y que la vigilancia de las fronteras tiene qué ser física pero también y cada vez más digital e informacional. Como se ha dicho, estamos ante la primera “avalancha algorítmica” de la historia. Hay un precedente de menor cuantía: en septiembre de 2024, vídeos virales en TikTok convocaban una travesía masiva a nado hacia Ceuta. Pero entonces se previó una ola de contagios y hubo muchas detenciones en Fnideq, el municipio más cercano a Ceuta por “difusión de contenidos digitales falsos que incitan a la emigración ilegal”. Nada de esto ha ocurrido esta vez. Y el proceso de desinformación en las redes parece ser cualquier cosa menos espontaneo. Pero, como dice mi colega el excomisario Thierry Breton, sabemos muy poco sobre las métricas de difusión de estos contenidos: visualizaciones, alcance geolocalizado, curva de propagación, cuentas que lo han impulsado, amplificación algorítmica, los bots y la viralidad real.Tampoco ha habido ninguna reacción oficial por parte de las plataformas afectadas. Queda pendiente una gran investigación sobre las fuentes y la dirección de esos procesos en los que seguramente habrán intervenido todos los interesados en crearnos problemas —desde luego Rusia— o en celebrarlos, como han hecho los EE UU de Trump y el Israel de Netanyahu. Desde una perspectiva europea hay que señalar que no ha habido ninguna medida por parte de la Comisión en aplicación del Reglamento sobre los Servicios Digitales (DSA, por sus siglas en inglés), que entró en vigor el 12 de junio pasado, el primer paso para detectar y sancionar las instrumentalizaciones de la información para “fomentar o facilitar el desplazamiento de nacionales de terceros países hacia las fronteras exteriores de la UE para desestabilizar a un Estado miembro”. Como anillo al dedo le viene a lo de Ceuta. Sobre la desunión europea ya se ha lamentado todo lo lamentable. Italia y Dinamarca no tenían ninguna razón para pedir la suspensión de España de Schengen. Ni siquiera sabían que llegar a Ceuta no es llegar a la Península. Su Gobierno ha jugado al miedo de su electorado, acosado por las perspectivas electorales de otro partido más a la derecha que Meloni. Como aquí le pasa al PP con Vox. España ganó la batalla diplomática en el Consejo de Ministros, donde nadie insistió en sus críticas y proclamaron una tardía solidaridad como la de la Comisión Europea.La emigración actúa así como el caldo de cultivo de la extrema derecha y también como disolvente de la unidad europea. De la solución que seamos capaces de dar a esta cuestión, y hasta ahora no hemos sido capaces de dársela, depende, más de lo que creemos, nuestro futuro de sociedades libres, solidarias y prósperas.
La pólvora y la mecha
La crisis de Ceuta muestra que el crecimiento económico no basta por sí solo si persiste la desigualdad social











