En la mayoría de análisis que tratan el problema de la vivienda, se suele dar siempre la misma explicación: Se construye poco, las ciudades atraen cada vez más población y las regulaciones urbanísticas dificultan la respuesta del mercado. Y es cierto que esto influye en el precio y agrava la situación, pero no es la causa principal. La causa principal del problema de la vivienda reside en el propio sistema monetario.
Si retrocedemos en el tiempo, podemos ver que la vivienda históricamente ha sido un bien deflacionario, ya que sus costes disminuían a medida que mejoraba la tecnología y la productividad.
Pero esta tendencia empezó a cambiar a comienzos de los años 70. Concretamente, cuando las principales economías del mundo comenzaron a abandonar el dinero respaldado por activos reales, como el oro, y empezaron a adoptar monedas fiduciarias gestionadas por los bancos centrales y cuya producción no ha dejado de aumentar.
Bajo este sistema, la vivienda dejó de ser únicamente un bien de consumo destinado a proporcionar alojamiento y pasó a convertirse en un refugio para el ahorro. Cuando los ciudadanos perciben que su dinero pierde poder adquisitivo con el tiempo, derivado de un aumento sin restricciones de la oferta monetaria, buscan activos capaces de conservar valor. Y entre ellos, uno de los más atractivos es la vivienda.






