Seis meses después de que los ataques estadounidenses e israelíes interrumpieran la producción de combustibles fósiles en Oriente Medio y convirtieran el estrecho de Ormuz en un campo de batalla naval, el mundo está empezando a comprender mejor cómo la guerra con Irán ha transformado la economía energética.

Un puñado de informes recientes muestran cómo, al elevar drásticamente los precios de los combustibles fósiles, el conflicto también ha estado empujando a gobiernos, empresas y consumidores hacia las energías renovables, con un claro conjunto de ganadores y perdedores que están surgiendo.

Los importadores mundiales de combustibles fósiles han pagado más de 330 mil millones de dólares en costos adicionales —una cantidad equivalente al producto interno bruto de Finlandia en 2025— desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, según datos del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), una organización sin ánimo de lucro con sede en Helsinki. Mientras tanto, el aumento de los precios de la energía ha beneficiado a un puñado de países productores de petróleo y gas fuera de la zona de guerra.

Las economías que habían optado por abandonar los combustibles fósiles antes de la guerra también han resistido mejor la crisis. En China, por ejemplo, los proyectos de energías renovables implementados desde 2020 permitieron al país evitar importaciones de combustibles fósiles por casi 8 mil millones de dólares entre marzo y julio, según estimaciones de CREA.