Un pequeño engranaje latinoamericano de lo que Giuliano da Empoli describe como “la ingeniería del caos”. Así podría definirse al turbio personaje que dejó a la vista el lado oscuro del gobierno boliviano, salpicando también a Javier Milei y al clan Bolsonaro, entre otros.
Los engranajes mayores hoy están en el Silicon Valley y tienen como próceres del método a pioneros de las “negative campaigns” como Arthur Finkelstein, el norteamericano que recién dejaba de ser púber cuando colaboró con las campañas del ultraconservador Barry Goldwater y le explicó a su última creación, Viktor Orban, que lo principal en política es entender que “lo que se percibe como verdadero es lo que acaba siéndolo, y no lo que es verdad”.
En esa ingeniería, engranajes grandes y pequeños producen propaganda populista utilizando como materia prima los miedos, rencores, aborrecimientos y prejuicios en materia sexual y racial.
En esos lodazales amasan liderazgos inconcebibles con personajes impresentables, usando como combustible para llevarlos al poder el fanatismo, la vulgaridad, los desequilibrios psíquicos y emocionales, los insultos y los prejuicios más deleznables, como el racismo, el sexismo y el desprecio a los vulnerables.













