Son las nueve de la mañana en el asentamiento informal levantado en el barrio de El Príncipe, en Ceuta. Centenares de jóvenes, mayores y menores de edad, amanecen poco a poco. Ahmed Enfed-dal, presidente de la asociación de vecinos del barrio, lleva desde finales de julio de 2026 trabajando para proteger a quienes cruzaron desde Marruecos a España. “Hemos dividido este campamento [que está dentro de un polideportivo] entre las jóvenes mayores y las menores. Hay una madre con su bebé”, cuenta mientras avanza por la zona.

Bajo las sombras de las telas que esconden el sol y protegen del calor, las menores están tumbadas sobre colchones, mantas o, directamente, el suelo. En grupos o solas, llevan desde el pasado 31 de julio sin un espacio digno donde vivir. “Decidimos levantar este espacio por su seguridad. Si salen al aseo o a ducharse, intentamos que vayan acompañadas, nunca solas”, explica Enfed-dal.

A pesar de que es una mañana cualquiera en este enclave de la ciudad ceutí, un puñado de rotuladores, lápices de colores y unos folios cambian un despertar rutinario. “¿A quién le apetece escribir o dibujar?”. A lo largo de la mañana, 29 menores participan en la actividad: algunas se tumban sobre el suelo, otras dibujan sobre sus colchones o apoyando el folio en sus propias piernas mientras agarran, buscan y comparten el material. Algunas terminan rápido. Otras se toman su tiempo. Ante las prisas de sus compañeras, una de ellas responde: “Lo necesitaba. Estoy desahogándome”, cuenta. Estos son 12 de esos testimonios.