Amanece en Ceuta y en la pista polideportiva de la barriada de Sidi Embarek, antes usada por los niños de la zona para jugar al fútbol, despiertan centenares de mujeres y niñas migrantes, que van rápidamente a asearse en un biombo improvisado con mantas fuera de la instalación. Hacen sus necesidades en la zona de monte que hay al lado, observando la ladera de enfrente, donde se ubica en una gran pendiente el cementerio musulmán. Allí acabarán varios de los más de 80 cadáveres que ha dejado la tragedia de Ceuta del pasado 30 de julio en las costas españolas —en total son al menos 141 fallecidos—. Algunos, los que no logren ser identificados, solo tendrán un número sobre la lápida.

Entre las que sobrevivieron, no sin dificultades, está Fatna, de 21 años, natural de la localidad de Larache, al inicio de la costa atlántica marroquí. Cuando dan las once de la mañana levanta a su hijo de tres años. El pequeño padece parálisis cerebral y no puede andar, ni siquiera sostenerse. Tampoco habla. “He venido con él y por él. Está enfermo y necesito que le den tratamiento”, dice la madre, embarazada de seis meses.

Cruzó desde Castillejos —localidad fronteriza con el Reino alauita— “por el mar, no a pie bordeando el espigón”. Vino acompañada de su marido, también alojado en el campamento, y del pequeño, al que “la Guardia Civil tuvo que sacar del mar, salvándole la vida”.