Javier Bardem es capaz de transmitir la complejidad de un personaje con un ojo. Parece una boutade, pero cuando uno ve El ser querido, la película de Rodrigo Sorogoyen que acaba de llegar a las salas y él protagoniza, lo entiende. El trabajo de Bardem es tan apabullante y tan lleno de matices que hay un momento donde Sorogoyen encuadra uno de sus ojos en una escena de máxima tensión y uno puede ver todo lo que pasa por la cabeza de Esteban Martínez, ese cineasta que intenta arreglar el pasado con una hija a la que hace años que no ve y a la que ofrece un papel en su nueva película.

Pocas veces habíamos visto a un Bardem tan desnudo y sin máscara en una película. Y pocas veces uno es testigo del talento a chorro de uno de los actores más importantes del cine español. No solo por los premios —a ver cuántos intérpretes tienen dos copas Volpi de Venecia, un premio al Mejor actor en Cannes, un Oscar y seis Goyas—, sino por el compromiso que desprende cada uno de sus trabajos y que luego demuestra cuando se apagan los focos y suena la claqueta final.

Es ahí donde el actor muestra la importancia de saber usar su altavoz. Bardem siempre ha hablado claro de política. Desde aquel mítico 'No a la guerra' en 2003 hasta el genocidio en Gaza siempre se ha posicionado sin miedo a las consecuencias. Y vaya si las ha podido haber. En aquel año se jugó el inicio de una carrera en Hollywood, que a pesar de su éxito también podría estar en peligro por su defensa del pueblo palestino ante una industria que amenaza con el veto a sus personalidades más críticas, como Susan Sarandon o Mark Ruffalo. Quizás su éxito, además de esa excelencia en su trabajo, radica en haber logrado una posición que le permita hablar y ser un referente sin miedo.