El as de oros es la mierda. Así se llama el juego de cartas. Los chavales reparten la baraja esperando que no les toque. Se ponen donde el columpio de la piscina, al fondo, un poco escondidos. Aarón, de 8 años, es el más pequeño de “la panda” —hoy son 10—, Carla, la mayor, tiene 14. La mayoría son de “los Madriles” (la capital está a hora y media) y vienen a pasar el verano al pueblo de sus abuelos. Juegan también al mentiroso, el cuadrado y la carta corrida, como hicieron sus padres, y a cosas nuevas como el Virus y el Dobble. Lo de siempre y lo de ahora: montan en bici mucho; hacen coreos de TikTok. “Aquí te despejas la cabeza de todo”, dice Axel, que a saber qué angustias tiene a los 11. “Vas a tu rollo”, suscribe Gonzalo. Candela: “Haces lo que te da la gana, como te da la gana, cuando te da la gana”. “En Madrid estaba superchof, aquí revivo”, resume Sara.Salvan gatos, andan solos, se tiran por la cuesta en patinete, pelotean en las pistas. Pasan las noches en la plaza Amarilla, hasta pasadas las doce, “incluso la una”, presumen. Celebran peleas de chanclas. “Y cuando mi madre se echa la siesta en el sofá del pasillo, podemos encender la Switch”, dice un crío. La mayoría tiene otras vacaciones —en la playa, en el extranjero— además de las que pasan en el pueblo. “Pero estas son las buenas”.Cuando María, de 51 años, venía con su edad a casa de Florentino y Clotilde, lo vivía como “un destierro”. Se pasaba el día “deambulando, intentando enganchar con alguna niña del pueblo, ayudando en la huerta, dando de comer a las gallinas…”. “No hacía nada especial… Vivir”, dice ahora en la misma casa que construyeron sus abuelos.Se acaba de mudar, for good, dice, del todo, aprovechando la mayoría de edad de su hija. La otra casa, la de los fines de semana, las fiestas y el verano, se convierte en la casa casa. Todavía hay cajas en el suelo en el que lindes de madera marcan los tabiques entre las antiguas habitaciones ahora anexionadas para crear espacios más diáfanos. En el sobrado, el desván donde sus abuelos acumulaban trastos y secaban el embutido, tiene ahora su habitación. Su proyecto es facilitar desde aquí procesos creativos. No le gustan las etiquetas: ni coach, ni neorrural. Cómo explicarlo… Invita a volver al cuerpo donde ella construyó su aprendizaje sensorial (el agua calentada al sol en un barreño de zinc en el patio, las pipas de girasol en el carro, deshacer los jerséis que se quedaban pequeños para lavar la lana y volver a enmadejarla).El pueblo también es donde volver a las lecciones sencillas que sirven en los tiempos convulsos. María lo explica con una anécdota. Niña empollona, le encantaban las tareas veraniegas de los cuadernos Rubio. Dos páginas de ejercicios al día, le había dejado dicho su madre al abuelo. El primer día, la niña hizo cuatro. Y el abuelo muy serio: “Dos no son cuatro. Cuando es suficiente, paras”. En la casa de Florentino el ebanista, su nieta quiere ofrecer una forma de parar para poder seguir a quien esté atascado.Mar, su hija, que empieza en septiembre en la Complutense, dice: “Verano es agosto en el pueblo”. No ha faltado ni uno de 18. Este año es quinta, con otras ocho chicas nacidas en 2008. Ninguna vive a tiempo completo aquí, pero son las encargadas de organizar las fiestas en las que se multiplica por mucho la población de 138 habitantes. Recaudan fondos, montan el bingo y los torneos, cuelgan banderines, contratan un dj, dan el pregón… Han diseñado un peto y una sudadera serigrafiada: “Kintas 26”. En una fachada una pintada celebra a los quintos de hace 40 años con un escueto: “Q 87”. Más allá otra lee: “K 21”.No solo ha cambiado la ortografía. “Entonces los quintos como mucho preparábamos la chocolatada de la mañana siguiente… Más bien nos limitábamos a soplar sin piedad”, cuenta Víctor, cincuenta y tantos, pura generación X. Durante el año recorre el mundo con una ONG de desastre en desastre, pero en agosto atraca en este punto de Castilla donde por primera vez se pilló “una chispa de mil demonios” y también besó a una chica.“El catálogo es muy limitado”, dice Mar con desidia centenial sobre las oportunidades románticas del pueblo. En su generación la mayoría son chicas y están divididas con furia comunera en varios grupos con espacios y recorridos milimetrados. Cuando describe sus “rifirrafes” te las imaginas cruzándose con musiquilla de duelo de wéstern de fondo por la comarcal SG-V-2317 que al atravesar el pueblo se renombra calle Real Alta.La taxonomía que la adolescente hace del ecosistema piscinero es más de película de instituto: por allí se pone “el chiquipark” (los treintañeros con niños pequeños), dice, y por allá “las que bajan sin marido a tomar el sol”. En el banco se sientan “los que vienen solo a nadar o los forasteros”; en el columpio, los críos que juegan a la mierda del principio, y, dependiendo de quién sea el socorrista, convoca a su alrededor a un grupo u otro de adolescentes…Y luego están las señoras de la brisca.En el césped hay una sola mesa. Mar y sus amigas la usan hasta que llegan ellas, sobre las siete de la tarde. Vuelve a sonar Morricone y aparecen, ¿a cámara lenta?: Mari Carmen, Feli, Alicia, Amparito, Goyi, Paquita, Antonia y la otra Mari Carmen.“Nos respetan, cuando llegamos se levantan”, dice Alicia, que trae el pareo que sirve de tapete para que las cartas no se cuelen por las rendijas de la mesa. Cuando abrió la piscina, a principios de los dos mil, echaban la partida de pie, en torno a una piedra de molino. Algunas de las mujeres —todas entre los setenta y pico y los ochenta y pocos— viven en el pueblo, y otras tienen aquí su segunda residencia, pero se conocen desde chiquillas: “Nos llegan a decir entonces que estaríamos aquí ahora juntas haciendo aquagym y no nos lo creemos ni muertas”, dice Alicia.El pueblo es el mismo, pero han cambiado las heridas (ahora les tiene divididos la instalación de una planta de biogás cercana) y los gozos. La piscina es el mayor de ellos. Siempre hubo comunidad, ahora hay también asociaciones que, sobre todo en los últimos años, con el regreso de muchos urbanitas que se han vuelto para disfrutar de la jubilación, han multiplicado las actividades socioculturales del municipio. “Tejemos, publicamos libros, hacemos obras de teatro, hay coro, charlas, baile, clases de pilates, de fuerza, de hipopresivos… Yo voy a todo, pero llega un momento que me pongo en huelga por verano”, cuenta Magdalena, de 75 años, que siempre ha vivido aquí y pertenece a la asociación de mayores.Sus veranos juveniles los pasó ayudando a su padre y luego a su marido en el campo (cebada, trigo, algarroba, garbanzos, viñas, miles de girasoles). “Antes había algún baile los domingos y las fiestas de San Félix, pero la gente estaba cansada de la siega, ahora tienen tractores”. Y lavadoras, Magdalena recuerda ir a lavar al arroyo y “poner la colada a secar en lo verde”.“Ahora, cuando se acaba el verano, ya no da tanta pena”, dice, porque muchos de los jubilados que vivían en Madrid o en Segovia se quedan. Pero no es lo mismo. En misa en invierno hay una decena de personas, cuenta Magdalena, pero un sábado estival se cuentan más de 50 cabezas. Todas peinan canas. Ellos con camisas de cuadros y pantalones de pinzas, ellas con vestidos floreados. Los más mayores, que son los menos, con tirantes y boina o bata y andador. Huele a jabón y a aftershave. Todo el mundo, absolutamente todos, echa algo al cepillo. El cura (“no es el de siempre, un negrito, joven y muy simpático”) habla sobre la soledad de los ancianos (en esta iglesia no se nota) y sobre llevar la palabra de Dios a los jóvenes (que en esta iglesia, tampoco). Luego llega lo de dar la paz y es un jolgorio. La gente va mucho más allá de la genuflexión y el apretón de manos de cortesía, hay besos, sonoros, no al aire, y abrazos, y feligreses cruzando el pasillo para llegar a los del otro lado. Como en las cuatro calles del pueblo, cada encuentro es un efusivo saludo.La siguiente parada, literalmente también para muchos de los que salen de misa, es el bar, donde la parroquia es más variada. Una mezcla heterogénea de edades, estilos y talantes. Como en el pueblo —que no es feo ni bonito, pero tiene encanto—, se mezclan las casas históricas de piedra y mortero con fantasiosas fachadas ochenteras de ladrillo visto y aun otros pastiches más recientes. El paisaje social es también el resultado, el sumatorio, de muchas particularidades aterrizadas en plena canícula en un punto cualquiera del campo castellano, por una mezcla de sangre, conveniencia y tradición. Y de esa mezcla surge una personalidad propia, y entiendes por qué la gente vuelve a un sitio que siente propio y por qué el verano no lo es del todo sin agosto en el pueblo.Un verano que es una letanía de días muy parecidos entre sí: la bici, la piscina, el aperitivo, la comida cada uno en su casa, la siesta, la partida, la misa, el bar, la plaza Amarilla… El día arranca con una furgoneta Volkswagen Caddy que recorre la comarca trayendo el pan. Llega derrapando, repicando con el claxon a todo trapo para que acudan los vecinos con urgencia a recoger pistolas y hogazas, madalenas, cruasanes y empanadas por encargo.La carretera que atraviesa el pueblo arranca en la piscina y acaba, justo un kilómetro después, en el cementerio. En las lápidas, surge otra ristra de nombres que como los de los niños que juegan a la mierda —Axel, Candela, Carla…— y los de las señoras de la brisca —Goyi, Amparito, Mari Carmen…— suenan a su propio tiempo: Teófilo, Ildefonso, Domitila, Felisa… También Florentino y Clotilde. Generaciones que juntas hacen pueblo. Este podría ser cualquiera, pero se llama Muñoveros.
Los pueblos: el paraíso veraniego de las rutinas
Ofrecen certezas y calmas que ya no se encuentran en otra parte. Encarnan la magia de las vacaciones incluso para niños de hoy








