0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialDel mismo modo que Bob Dylan inventó el Never Ending Tour –de gira desde el 7 de junio de 1988 hasta el lejano día en que Dios se lo lleve con Dolly Parton–, Pedro Sánchez ha estado en un tris del Never Ending Holiday. Hay cosas que no se entienden. El motivo por el que el presidente de un gobierno, en una crisis humanitaria y política brutal, no aparece en persona –a excepción de las primeras horas y en el lugar de los hechos– para decir alguna verdad, alguna mentira y las consabidas toneladas de ambigüedad es incomprensible. Han ido llegando ministros a Ceuta como cuando los del seguro te envían operarios a casa y a todos les falta una broca o una llave y pasan el parte a los de las persianas. Efe / Pool MoncloaEs probable que hayamos pasado de un sentido chapucero de gestionar la política –ya saben, ordenadores inutilizados a martillazos, seguro que a mí Villarejo no me miente, la fontanera, Koldos y Torrentes– a un estadio en que ya no se sabe ni mentir. Ni bien ni mal. Simplemente mentir. Es el “Chao, pescao, qué pesados sois con lo del ático” o “el CNI me lo dijo, no me lo dijo, me lo dijo bajito” o “que las alertas por lluvias torrenciales son a veces sí, a veces no”.La actual industria del odio no precisa ni el engaño ni argumentos para convencerMentir significa que se sabe dónde está la verdad y se trata de ocultar, devaluar, vencerla. Se miente por diversión, para conseguir algo o para salir de un aprieto. La mentira debe tener una estructura lógica que lleva a creer al que es mentido en una verdad que no es tal. Pero si ya en todos los tramos previos al engaño no hay ni inteligencia ni sentido de la realidad, la mentira es una cosa y la contraria, el absurdo sin más pretensión que perder tiempo y al siguiente charco.Para odiar no necesitas que la mentira sea creíble. La actual industria del odio con toda su fuerza tecnológica no precisa ni el engaño ni argumentos para convencer. Como el Sansón bíblico, ciego y atado a las columnas del Templo, Yahvé –el vengativo, el despiadado– le concede recuperar la fuerza que le permita derribar el templo y morir él a cambio de que también lo hagan todos los que están dentro. El odio quiere estados autoritarios –tigres, leones, sátrapas, zares y dictadores– y que el mundo multilateral, de consenso y plural, sea aplastado de una vez.