Bajad las armasNadie quiere perderse el momento m�s esperado: el punto de fractura de su legendaria resistenciaPedro S�nchez, este martes, durante un acto en Madrid.EUROPA PRESSActualizado Martes,
junio
19:25Audio generado con IALos finales catastr�ficos siempre son divertidos, porque los contemplamos con los ojos de la ficci�n. Pedro anuncia una inversi�n en dependencia para los m�s vulnerables, pero nuestros ojos cargan con horas innumerables de consumo audiovisual. No vemos a un presidente de gobierno sino a una met�fora con patas que ya no puede hablar de otra dependencia ni de otra vulnerabilidad que no sean la suyas. La ca�da ya est� escrita, rodada y en fase de posproducci�n.Para la primavera se anuncia en nuestras pantallas el gran desenlace wagneriano, pero en esta pen�ltima temporada se va fraguando la crisis emocional. En el cap�tulo de ayer nuestro personaje aparece en p�blico el d�a despu�s de que su colaborador m�s estrecho, el camarada con quien asalt� los cielos, sea condenado en firme a 24 a�os de c�rcel. Es la clase de sentencia de la cual la organizaci�n le hab�a prometido que lo librar�a si conservaba la boca cerrada. Pero como pasa siempre con nuestro personaje, sus actos nunca siguen a sus promesas. Y ahora el n�mero uno teme la venganza del n�mero dos, y de otros tantos ca�dos que le ayudaron a llegar o a mantenerse donde a�n est�. Un noir convencional, por lo dem�s. Retorno al pasado.Comparece y vemos a un hombre de mediana edad sometido a un estr�s inimaginable, susurrando cuando querr�a gritar, verbalizando medidas que no puede aprobar, impostando la informalidad del sincorbatismo pero traicionado una vez m�s por el sudor. Habla, mueve la cabeza, trata de dominar sus p�rpados. No escuchamos lo que dice, porque hace tiempo que el guion descuida sus parlamentos, atento solo a insinuar la tensi�n visual que prepara el estallido. El argumento es lo de menos y la trama es demasiado enrevesada, as� que ya solo cuenta la figura. Nadie quiere perderse el momento m�s esperado: el punto de fractura de su legendaria resistencia. Todos los ciudadanos somos espectadores forzosos del psicodrama de un advenedizo cuya monoman�a secuestr� la historia de Espa�a durante ocho a�os. Trat�ndose de una democracia, r�gimen concebido para garantizar el relevo incruento en el poder, la historia deber�a tomarse por comedia. Pero fij�ndonos bien en Pedro, sabiendo lo que sabe que le espera, midiendo la altura de la ca�da, sospechamos que se masca la tragedia.El cap�tulo de este mi�rcoles parte la pantalla en dos. A la izquierda se le ve a �l presumiendo de tolerancia cero con la corrupci�n; a la derecha, su mujer est� entregando el pasaporte en el juzgado.









