Hay en los talentos precoces algo de bendita inconsciencia, la valentía del que no se percata del todo de cuánto pueden pesar un gran escenario o los ojos que miran desde la grada o la tele, la presión. Del que simplemente juega. Carmen Hernández tiene 13 años y va a disputar un mundial. Será en Canadá, entre el 9 y el 19 de septiembre, su debut con la selección española absoluta de baloncesto en silla de ruedas. Una jugadora de adolescencia recién estrenada que brilla en el mundo de los adultos, en el estruendo de choques y chirridos de la cancha.A su lado, como siempre, estará Beatriz Zudaire (Pamplona, 2000), una “hermana mayor”, su primera entrenadora y hoy su compañera de vestuario, una veterana ya, tras una década vistiendo la roja, la mejor testigo de cómo ha cambiado esta disciplina deportiva en España y del buen pronóstico que prometen irrupciones como la de Hernández. La historia de la una no se entiende sin la otra.

Puede jugarlo cualquiera que, por una lesión o incapacidad física, no pueda correr, saltar o girar.

A cada jugador de un equipo se le asigna una calificación médico-funcional en base a su grado de discapacidad que va del 1,5 al 4,5. Cuanto mayor sea la dificultad motriz del jugador, más baja será la cifra que le corresponda. No se puede alinear en pista ningún quinteto que sume más de 14 puntos médico-funcionales.