A los vecinos de Laza, en la comarca ourensana de Verín, les gusta ponerse farrucos, al menos una vez al año. Ocurre entre mediados y finales de agosto, según vengan dadas: durante un largo fin de semana –de viernes a domingo–, engalanan los tractores, se echan a la calle, comparten comida popular, compiten en los xogos labregos y pasan la noche de foliada cantando y bailando. Desde 2022, la Romaría Ponte Farruca es el agrofestival de referencia en Galicia; una romería en toda regla, solo que, en lugar de sacar al santo o la santa en procesión, el único fervor religioso lo desata el mandil. Un culto textil pagano que canaliza esa mística de la feminidad/eterno femenino en su forma más ingrata (la de la sumisión y entrega a los demás en versión rural) para visibilizarla con altanería y orgullo.Mandil o mandilón en el noroeste, mantala o mantal en el norte, bambo o bambita en el sur, simplemente bata de punta a punta del territorio español, he aquí la prenda que proclama la importancia de devolver al centro de la conversación el formidable papel de la mujer en el campo. Por eso los vecinos de Laza la han elevado a categoría de uniforme simbólico de su xuntanza, que lucen hasta los hombres en homenaje a quienes han sostenido la vida comunitaria durante décadas en las sombras, pero también como ejercicio reivindicativo de disrupción y diversidad de género. Vestir el mandilón crea así un vínculo de identidad territorial para que cualquiera “se sienta en casa”, esgrimen los organizadores que, en un alarde de fantasía mercadotécnica, esta edición –del 28 al 30 de agosto– se descolgaban con el drop farruco, una minicápsula para sufragar gastos despachada a semejanza del viejo sistema de venta exclusiva por goteo de las marcas de moda urbana (hoy canibalizado por el lujo) y cuyo paquete premium incluía el llamado Mandilón de la señora Farruca. Una bata para romper estereotipos, resignificar el ámbito doméstico rural y reapropiarse con ella del espacio público festivo. Para que luego venga Miuccia Prada a dar lecciones de simbolismo feminista desde lo alto de una pasarela.Vista en la colección primavera/verano 2026 de Miu Miu, la segunda etiqueta del Grupo Prada (primera a efectos de impacto económico), la bata utilitaria aldeana irrumpía esta temporada en el prêt-à-porter de altos vuelos como vaca sin cencerro, cortada en popelín de algodón ligero con efecto lavado o levemente texturizado por aquello de aparentar uso/desgaste; sastrería fina modelada por celebridades del alcance de Sandra Hüller y Milla Jovovich. “El mandil habla del esfuerzo de las mujeres, es un símbolo de trabajo que puede expresar múltiples mensajes o ideas”, trataba de explicarse al término de aquel desfile la signora Prada, que justificaba semejante ejercicio de extracción social como “un intento de poner el foco en las fábricas, los servicios, los cuidados y el hogar”. Aunque el de la italiana resultó el más viral, no fue el único: ahí tenemos a las británicas Talia Byre y Ashley Williams en sintonía con el zeitgeist rural, operando el mismo proceso de transustanciación textil que sustrae la prenda de su contexto de precariedad para introducirla en el circuito bursátil del lujo. La irlandesa Simone Rocha lo prolonga un poco más, derivándolo a su propuesta masculina para el otoño/invierno 2026-2027 convencida de que puede sacarle el lado tierno al hombre vistiéndolo con la indumentaria tradicional asociada al ámbito doméstico femenino, según expresó durante la prestación en el salón Pitti Uomo de Florencia, el pasado junio. No, no busquen la empatía en ninguno de estos movimientos, que se trata solo del saqueo del último reducto de vestimenta libre de la lógica del hiperconsumo tardocapitalista: el uniforme civil del trabajo invisible, los cuidados y la economía de los márgenes. Aunque existe una línea invisible, pero perfectamente trazada por el diseño industrial del siglo XX, que une la bata de sarga del campo con los escenarios cosmopolitas en los que se dictan las pautas de la moda, el problema es que hablamos de una prenda en absoluto concebida para ser vista, sino antes para invisibilizar a quien la llevaba. Su genealogía estructural, por un lado, es pura hibridación de clase. Parienta lejana de la robe volante del siglo XVIII, deshabillé informal que las aristócratas usaban en la intimidad, su verdadera matriz es el delantal gremial decimonónico y el guardapolvos.En la Europa mediterránea de posguerra, adquiriría finalmente su dimensión como infraestructura cruda de resistencia económica: una armadura laboral que permitía escardar la huerta, arreglar el aparejo o limpiar la cuadra. Bastaba desabotonarla o desatarla en un segundo para presentarse limpia y decente ante una visita imprevista en el portal o para salir a la calle mayor del pueblo. Su diseño técnico se revela así como una obra de ingeniería del movimiento. Los sistemas de abotonadura frontal o lazada lateral prescindían deliberadamente de cremalleras, mientras los bolsillos delanteros guardaban las herramientas de la producción familiar: las llaves de la despensa, el dedal, las semillas, las cerillas, las tijeras. El estampado –cuadros, rayas, flores– ayudaba a camuflar las manchas. Y luego estaba la ingeniería social, claro. Sacralizada como patrón de la perfecta ama de casa, la bata holgada, desprovista de cintura, respondía a un objetivo político: desexualizar la anatomía femenina. Al suprimir las formas de la silueta, el percal rígido anulaba cualquier atisbo de deseo y subordinaba el cuerpo de la mujer a la ergonomía del trabajo reproductivo en jornadas de 14 horas: parir, cuidar y limpiar. Una celda de algodón al servicio de cierta moral nacionalcatólica que igualaba el uniforme del hogar al traje de la sumisión. Esta arquitectura de la apariencia conecta de forma directa con la antropología de los espacios informales de la España profunda, territorio donde, sorpresa, la bata configuró el único lugar público verdadero y soberano para ellas. En verano, al caer la tarde, el ritual de tomar la fresca en el umbral de las casas se convertía en un parlamento de barriada. Blindadas por la uniformidad de sus mandiles y bambos, las mujeres tejían redes de apoyo mutuo y ejercían una resistencia comunitaria sorda. La prenda era la credencial que validaba su presencia en el exterior sin levantar sospechas. Estaban en la calle, sí, pero su atuendo declaraba que seguían trabajando, burlando así la frontera de la reclusión doméstica.Hoy, la bata real resiste exactamente donde siempre estuvo: en los cuerpos fatigados de las señoras que pueblan la geografía periférica. Ese mandil de algodón duro no se compra en la boutique de firma, se va a por él a las ferias semanales (los días de mercado que aún marcan el ritmo del calendario agrario) o a los comercios con olor a mercería antigua que esquivan milagrosamente los cierres por jubilación. En tales mostradores, el mandilón no es moda; es una prenda de curso legal que se adquiere por su resistencia y durabilidad. Una funcionalidad unívoca que fragmentó el sur de Europa en una sutil y precisa geopolítica del corte, de la bata de trabalho portuguesa a la blouse francesa, pasando por la vestaglietta italiana –glosada por Rosselini o Pasolini como segunda piel de un matriarcado a la fuerza, forjado en la escasez y la viudedad– o nuestra propia variante, que tanto juego le ha dado a cineastas del tirón de Pedro Almodóvar a la hora de retratar el paisanaje femenino manchego y el ritual de la vecindad. Por suerte, frente al cinismo de la pasarela y la frivolidad de las redes sociales, en las que el algoritmo despacha el percal bajo la etiqueta reaccionaria de la tradwife o la condescendencia estilística del grandma core (estética de abuela de pueblo), existen proyectos que sí se acercan a la prenda desde el respeto y con conocimiento de causa. Véase La Pregonera, iniciativa de moda ética nacida en una aldea jiennense de apenas 15 habitantes para coser relatos de memoria viva en los talleres de Andalucía. Allí, lejos del saqueo sociocultural, cada bata se confecciona con nombre propio –Cinta, Ani, Carmen– para colocar a las madres y abuelas en el centro de la conversación y recordar que en esos bolsillos anchos no cabe una tendencia efímera, sino la vida entera.
La bata está de moda: ¿frivolidad del lujo o reivindicación feminista?
El regreso al espacio públco del mandil de faena del ámbito doméstico rural, uniforme del cuidado y el trabajo invisibles, debería servir para dignificar la memoria femenina de los márgenes








