Actualizado a las 01:47h.

Lo llaman «patrón» mientras él repite, en voz alta y por encima de todo murmullo, la misma retahíla. «Oro, oro, oro», es su cantinela, que pronuncia sin cesar. A sus pies se despliega todo un repertorio de ropa, que husmean con mayor o menor fascinación ... unos cuantos interesados. Sobre una manta se extienden, en un embrollo confuso y polvoriento, una notable cantidad de prendas. Fueron abandonadas en la playa, cuentan ellos, o terminaron su travesía en contenedores de basura, lugar del que las rescataron. Camisetas, sudaderas, pantalones que otros perdieron y de los que él hace lucro. También se disponen, más ordenados, pares de zapatos y alrededor de una decena de paquetes de tabaco. En el mismo punto de la playa de El Trampolín, bajo una señal blanca en la que reza la palabra «asilo», se aposenta durante días el mismo hombre, de tez negra y sonrisa blanquísima, para tratar de vender su producto por «uno, dos, tres euros».

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