Desde hace algún tiempo está claro que las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos girarán en gran medida en torno a la economía. En una encuesta reciente de Financial Times se encontró que la mayoría de los votantes considera que su situación financiera empeoró bajo el mandato de Donald Trump, citando el mal manejo de la economía por parte del presidente y el aumento del costo de la vida. La asequibilidad es desde hace años el tema que más preocupa a las familias en el país. Sin embargo, lo que me resulta interesante es que el debate se está ampliando ahora para abarcar cuestiones como la corrupción y la separación entre Wall Street y la economía real.Un ejemplo de esto es la demócrata Paige Cognetti, alcaldesa de Scranton, Pensilvania, y candidata al Congreso, quien puso en el foco las operaciones bursátiles de alta frecuencia de su rival republicano, Rob Bresnahan, en su intento por desbancarlo. “Este año ya realizó 600 operaciones bursátiles”, dijo en un video de campaña en septiembre del año pasado. “Vendió acciones chinas la misma semana en que se impusieron aranceles. Compra acciones de empresas de misiles antes de una guerra. Compra acciones de fabricantes de aviones antes de un gran contrato. ¿Supervisa el sector de las criptomonedas? Compra acciones de criptomonedas antes de una votación”.Bresnahan, antiguo director ejecutivo de una empresa de instalaciones eléctricas, cuenta, al igual que muchos miembros ricos del Congreso, con un asesor financiero que realiza sus operaciones bursátiles. Él dice que las afirmaciones de Cognetti sobre sus negocios son falsas y asegura que está tomando “medidas legítimas para prohibir que los congresistas operen en bolsa”. Es un argumento válido. No obstante, para la mayoría de los estadunidenses resulta inaceptable la idea de que políticos ricos (o personas acomodadas en general) se beneficien del enorme aumento del precio de los activos en las últimas décadas, mientras ellos luchan por poner comida en la mesa y llenar el tanque de combustible de sus coches.Por eso, ambos bandos ahora utilizan el tema de las operaciones bursátiles de los políticos para ganar puntos entre los votantes. Uno puede argumentar que debe prohibirse cualquier tipo de operación bursátil por parte de los congresistas; de hecho, los republicanos presentaron un proyecto de ley para imponer ciertas restricciones, mientras que una coalición bipartidista propone una prohibición más estricta. Pero eso no abordará todas las formas en que el sistema fiscal favorece a los que obtienen sus ingresos de dividendos en lugar de un salario, ni cómo se incentiva el endeudamiento frente a la inversión en capital, ni tampoco las múltiples maneras en que nuestra economía está diseñada para dar prioridad a Wall Street sobre la economía de los ciudadanos de a pie.Es una cuestión importante, ya que existen fuerzas políticas en ambos sectores del espectro ideológico que desearían ver un cambio de rumbo hacia una economía menos impulsada por la financiarización. Desde la década de 1980 las políticas han favorecido una “sociedad de propietarios” en la que se fomenta el aumento del precio de los activos mediante diversos mecanismos (política monetaria expansiva, importantes deducciones fiscales por deuda, un enorme crecimiento del crédito al consumo, etcétera), mientras que el aumento de los salarios queda relegado a un segundo plano. Los sectores populistas de ambos partidos quieren cambiar esta situación, y los socialistas democráticos abogan por replantear cómo se reparte la riqueza económica.Planteo estas cuestiones porque guardan relación con el artículo que escribí hace unas semanas sobre la “redistribución” frente a la “predistribución”. En una época marcada por una creación de riqueza y una desigualdad extraordinarias , y con la inteligencia artificial (IA) que amenaza con intensificar aún más las tendencias actuales, parece que nos enfrentamos a una elección: aumentar los impuestos y redistribuir la riqueza, o bien lograr que más estadunidenses participen en el mercado de formas nuevas y más equitativas. Sin embargo, si gran parte del debate político gira ahora en torno a la corrupción y a actividades sospechosas en el mercado, ¿qué probabilidades hay de que los votantes acepten esta última opción? ¿Acaso el ascenso de Trump llevó a la gente a creer que el mercado está tan amañado que solo un grupo de socialistas democráticos más jóvenes podrá arreglar las cosas? Y, después de la era Trump, ¿los mercados estadunidenses seguirán siendo una apuesta segura?Esta semana tengo la suerte de contar como interlocutor al inversionista y filántropo Nicolas Berggruen, director del Instituto Berggruen, entidad que ha trabajado en el concepto de “predistribución”. Nicolas, mi pregunta es la siguiente: vives en California, donde varios multimillonarios destinaron 40 millones de dólares de nuevos fondos a una campaña para combatir los aumentos de impuestos. Este tipo de acciones no hace más que alimentar la percepción de muchos votantes de que el capitalismo estadunidense está roto y de que se requieren cambios políticos radicales. En un momento así, ¿cómo podemos convencer a la gente de que los mercados son una fuerza positiva? ¿Y cuáles son las oportunidades más accesibles para lograrlo?Lecturas recomendadas-Me fascinó un gráfico de The New York Times sobre el origen de los estadunidenses. Muestra los principales ancestros por región, lo que aporta una perspectiva política interesante.-Un excelente Weekend Essay (ensayo de fin de semana) de Jill Lepore en Financial Times fue una de las primeras cosas que leí sobre la gobernanza y regulación de la IA que me hizo pensar que tenemos posibilidades de lograr que eso ocurra.-Un artículo de Axios ofreció una explicación lúcida de cómo los grandes movimientos de acciones individuales se traducen en una volatilidad “mediocre” del S&P, a medida que la IA se extiende por el ecosistema empresarial.Nicolas Berggruen respondeEl beneficio propio, las operaciones cruzadas, el uso de información privilegiada para realizar operaciones bursátiles, el nepotismo y la corrupción generalizada no son fenómenos nuevos en la política; simplemente ahora tienen una escala y un alcance más indignantes que en cualquier otro momento que se recuerde, al menos en Estados Unidos. Sin duda, esto alimenta las llamas del descontento de cara a la próxima temporada política. Pero no es el motor principal a futuro.Esa fuerza motriz es una sensación generalizada de desigualdad flagrante: la percepción de que las oportunidades ya no son equitativas y de que los que cuentan con contactos y activos se separan cada vez más de la familia promedio, la cual se queda rezagada sin esperanza de alcanzarlos.Los que se rebelaron contra una élite cultural que, a su juicio, los miraba por encima del hombro, ahora se enfrentan a una élite económica con conexiones políticas, más arraigada y consolidada que nunca en el país de Estados Unidos de la posguerra.Como resultado, surge una reacción creciente desde las bases. Los votantes que, en diversos procesos electorales de Estados Unidos, apoyan a los “socialistas democráticos” no son muy partidarios acérrimos de una vieja ideología. Se trata, más bien, de un amplio sector de la población que se da cuenta de que el capitalismo no funciona para ellos; de que los beneficios del funcionamiento de nuestro sistema, turboalimentados por la tecnología digital, van a parar a manos de los que ya son ricos y se enriquecen aún más ya que son propietarios de activos cuyo valor aumenta. La movilidad ascendente se convirtió en un espejismo. La buena vida parece inalcanzable.El impuesto a los multimillonarios de California, dirigido a los oligarcas del sector de la tecnología, no habría logrado incluirse en la consulta electoral de este noviembre si la mayoría de los californianos participara de la fabulosa riqueza que se genera en Silicon Valley. Si 50, 60 o 70 por ciento de los estadunidenses poseyera la mayor parte de la riqueza, en lugar de sólo el 10 por ciento superior, como ocurre en la actualidad, el panorama sería distinto.Si la sensación generalizada de desigualdad flagrante es lo que impulsa la política, la respuesta reside en un reparto más amplio de la riqueza, de modo que todos los estadunidenses remen en la misma dirección.Aquí es donde entran en juego las ideas de “predistribución” de la riqueza y de “capital básico universal”.Las innovaciones de la IA están desvinculando cada vez más el crecimiento de la productividad y la creación de riqueza del empleo y los ingresos, lo que genera una brecha de desigualdad cada vez mayor entre los que “son dueños de los robots” y los que trabajan para ganarse la vida.Los beneficios del crecimiento de la productividad se acumulan en los que poseen activos en el mercado de valores que se disparan gracias a las grandes compañías de tecnología; el 10 por ciento más rico posee 93 por ciento de todas las acciones, lo que concentra la riqueza en la cima.Un contrato social que responda a esta dinámica fomentará que todos participaran en la propiedad de la riqueza generada por máquinas inteligentes, las cuales desplazan empleos remunerados y presionan los salarios a la baja. Pronto, toda la economía se convertirá en una economía impulsada por la IA, a medida que esta transforme sectores que van desde la contabilidad y la fabricación hasta las tiendas de abarrotes.Esto puede lograrse mediante cuentas universales de ahorro e inversión para familias e individuos.El objetivo es potenciar los activos del público en general (cuyos datos son, después de todo, la materia prima de la IA transformada por algoritmos en un activo productivo) desde el inicio (predistribución), en lugar de limitarse a intentar paliar la desigualdad redistribuyendo ingresos desde la cima después del hecho. Se trata del concepto de capital básico universal.La idea no sólo es romper la concentración de riqueza en la cúspide, sino construirla desde la base. La mejor manera de combatir la desigualdad en la era de la IA es distribuir la propiedad del capital.¿Cómo funcionará el reparto de la riqueza?El modelo adecuado es el sistema de pensiones australiano, aprobado en 1992 bajo el mandato del ex primer ministro laborista Paul Keating. Según explica, gracias a la desregulación, las reducciones de impuestos y la negociación colectiva entre empresas en lugar de sectores, la productividad creció 2 por ciento.Para aprovechar y consolidar la riqueza generada por ese crecimiento, en lugar de sólo distribuirla como ingreso para el consumo, Keating instituyó un plan de ahorro en el que empleadores y empleados aportarían 2 por ciento de la nómina a un fondo que se invertiría en diversos mercados para obtener rendimientos compuestos para la jubilación, como complemento a las pensiones básicas.En las décadas siguientes, el sistema ha aumentado su valor hasta alcanzar 3.2 billones de dólares, una cifra superior al producto interno bruto (PIB) de Australia. Como resultado, la riqueza media de los adultos australianos en edad de votar se sitúa hoy entre las más altas del mundo, en torno a 600 mil dólares.Un fondo universal de ahorro o un fondo público de riqueza transformador en EU seguiría ese modelo como un plan universal de ahorro-inversión distribuido, en el que cada individuo o familia tendría su propia cuenta.-Esto no es una utopía política. Un esquema ya existe en EU a través de las llamadas “cuentas Trump”, creadas por el Congreso. Todo ciudadano estadounidense nacido entre enero de 2025 y diciembre de 2028 se inscribe automáticamente en una cuenta personal con un depósito inicial de mil dólares del gobierno, que debe mantenerse hasta que el niño cumpla 18 años para que los intereses se capitalicen y el valor aumente. Las familias pueden aportar hasta 5 mil dólares al año; los empleadores hasta 2 mil 500. Los fondos se invierten en el S&P 500. Los retiros a los 18 años tienen ventajas fiscales. Millones de personas ya han activado sus cuentas el mes pasado.De manera similar, el programa CalKIDS de California proporciona un depósito inicial de hasta mil 500 dólares en cuentas personales para todos los alumnos de primer grado de bajos ingresos en las escuelas públicas, con el fin de que su valor aumente hasta la edad universitaria.El atractivo de esta iniciativa es bipartidista. El viernes pasado, el gobernador de California, Gavin Newsom, uno de los opositores más acérrimos del presidente Trump en un estado tradicionalmente demócrata, declaró en una rueda de prensa en San Francisco para promover las cuentas de ahorro e inversión: “Me entusiasma animar a la gente a abrir una cuenta Trump. Es una de las mejores cosas que ha hecho”.En adelante, para aprovechar el crecimiento de la productividad que ahora proviene de las máquinas inteligentes más que de la mano de obra, se implementará una subvención de capital para la innovación, similar a una deducción salarial, por parte de empresas con una valoración de mercado superior a un determinado umbral en lo que se convertirá en una economía de IA generalizada, que se inyectaría al fondo como aportaciones periódicas. Los activos del fondo, en constante crecimiento, se invertirán en todo el mercado como un gran fondo de inversión, y los rendimientos compuestos se distribuirán en cuentas individuales.Esto generará riqueza desde abajo, de la misma manera que lo ha hecho el sistema de pensiones australiano y, una vez consolidados los fondos, pueden utilizarse para otros fines además de la jubilación, desde la educación y la compra de una vivienda hasta la creación de una empresa.Sam Altman, de OpenAI, ya ha propuesto un impuesto de 2.5 por ciento, pagadero en acciones o en efectivo, para financiar de forma continua un fondo público de inversión. El inversionista en capital de riesgo Vinod Khosla también ha solicitado un “impuesto a la innovación” para las grandes empresas tecnológicas con el mismo propósito.Debemos aceptar que uno de los principales impulsores de la creciente desigualdad es la transición de una economía industrial a una economía basada en la IA. Un impuesto sobre la riqueza generada por las máquinas inteligentes para distribuirla equitativamente no difiere, en concepto, de un impuesto sobre la nómina destinado a financiar la Seguridad Social y Medicare. Esto no ha frenado la capacidad emprendedora para crear grandes empresas, por lo que un impuesto a la innovación tampoco debe representar un costo similar para hacer negocios en la nueva economía del futuro.
La lucha de clases y las elecciones de mitad de mandato
El debate en Estados Unidos se amplía para incluir temas como la corrupción y la separación entre Wall Street y la economía real











