Con frecuencia se dice, en defensa del turismo masivo, que aquellos que lo critican también hacen turismo. Lo dicen políticos, periodistas, portavoces del sector, etc, muchas veces con la cínica sonrisa del que piensa que ha dado un jaque mate. Y se quedan tan anchos. Imagínense: todos esos activistas por el derecho a la vivienda, todos esos manifestantes que agitan un manojo de llaves, todos los saboteadores que estropean los cajetines de los AirBnB; imagínenselos con trikini, tomándose un daiquiri, al borde del mar. ¡Es indignante! En realidad, es el argumento más tonto que se puede dar. Sorprendentemente, a mucha gente se la cuelan. Lo primero que se debe señalar es que esta sentencia no pone el foco en lo que se critica —el turismo masivo—, sino en la coherencia personal de quienes lo critican, asunto de muy bajo interés político. Es, pues, un argumento ad hominem y la verdad es la verdad, como escribió Machado, la diga Agamenón o su porquero (por cierto, qué miedo da el Agamenón de La odisea de Nolan). Que algunas de las personas que critican el turismo masivo se vayan a vivir un fin de semana con encanto en Roma y se atiborren de tostas de aguacate... no lo justifica. Si un asesino en serie afirma que está mal matar al personal, su condición de asesino no hace que su afirmación sea falsa. (Lo de apelar a la coherencia, por lo demás, es una argucia ampliamente utilizada sobre todo contra la izquierda, porque la coherencia al 100% es tan rara como el alcohol al 100%, y porque la izquierda suele ponerse metas morales que luego le cuesta alcanzar). Lo segundo es que no es lo mismo el turismo que el turismo masivo, de la misma manera que no es lo mismo un páncreas que un cáncer de páncreas. Recuerdo cuando llegué a Madrid, a principios de siglo, y el turismo todavía era una actividad integrada en el ecosistema urbano que ofrecía una aportación valiosa sin perjudicar todo lo demás: se concentraba en algunos lugares, dinamizaba la economía, aportaba otros acentos, otros aspectos, algo de cosmopolitismo. Hoy no es lo mismo: sube los precios, expulsa a los vecinos, cambia los barrios, destruye la ciudad y más que cosmopolita es cosmopaleto. Lo tercero es que precisamente son los turistas los que deberían exigir una regulación del turismo: para no sufrir destinos masificados, para no viajar a sitios clónicos, para pagar una tasa turística que revierta en lo local, para tener la certeza de no alquilar pisos turísticos ilegales, o de que las condiciones de los trabajadores del sector son dignas, o de que con su actividad vacacional no están contribuyendo a expulsar a los vecinos y destruir las ciudades. Para viajar con la conciencia tranquila.Para saber, en definitiva, que están, participando en una actividad justa y sostenible y no en un monstruo que todo lo devora para el beneficio de unos pocos. No debería ser una cosa rara eso de que los turistas critiquen la masificación del turismo, sino un deber, y un derecho, como sujetos políticos y consumidores responsables. Sí, se puede. Y se debe.
¿Se puede criticar el turismo masivo mientras se hace turismo? Sí, se puede
No es tan raro que los que viajan quieran pagar tasas municipales o tener la certeza de no habitar pisos ilegales; es decir, saber que su actividad está regulada para no expulsar a los vecinos o destruir la ciudad










