Un día del siglo XVI, la Plaza Mayor de Valladolid se había transformado “en un enorme circo de madera, con más de dos mil asientos en las gradas”; la ciudad entera, en un polvorín de gentío alborotado, entre autóctonos, forasteros llegados de toda Castilla y extranjeros; todos ellos “incapaces de reprimir su júbilo ante el gran festejo que se avecinaba”. Así describe Miguel Delibes el ambiente celebratorio en torno al auto de fe que tiene lugar en la novela El hereje; con presencia de las autoridades y hasta del rey Felipe II, el municipio se había colocado sus mejores galas para ver a los condenados por la Inquisición, primero en el escenario donde se leían sus sentencias de muerte, y luego en procesión hacia el quemadero, donde podrían también contemplar cómo ardían. El sadismo de la población el lector lo infiere con ojos de hoy, pero la prosa del maestro es comedida, ajustada a un sentir extático de época que juzgaba la crueldad más extrema como una fiesta. El mundo que quizá regrese –me digo–, o que ya está aquí.

He recurrido a las páginas de El hereje buscando respuestas al regocijo público que provoca el dolor ajeno, la humillación y, finalmente, el fin de unas vidas inocentes; y lo he hecho convencida de que la España de 1559 tal vez aporte pistas para una interpretación del clima moral contemporáneo. Hace unos días, el ministro israelí Ben Gvir se grabó en vídeo anunciando la construcción de un patíbulo o, como él mismo lo llamó, “instalación de ahorcamiento” para condenados a la pena capital, en teoría, por “terrorismo”. El aviso llega meses después de la aprobación de una ley que permite este tipo de castigo y afectará previsiblemente a los palestinos, como han denunciado varias organizaciones, pero lo espeluznante no es solo la nueva legislación sino el régimen de visibilidad que transmite.