La indignación que produce el desastre de Gaza quiere pasar a la acción. Asistimos a una lógica movilización de la palabra y de la escritura; de los Gobiernos y de los ciudadanos que unas veces se manifiestan

l="noreferrer" title="https://elpais.com/espana/2025-09-15/la-izquierda-abraza-el-resultado-de-las-protestas-en-la-vuelta-y-minimiza-la-violencia.html" data-link-track-dtm="">contra un acto deportivo, como la Vuelta ciclista, y otras se embarcan deportivamente en una flotilla con rumbo incierto.

Para que esa pluralidad de expresiones conforme un concierto eficaz, cada actor tiene que encontrar su tono. Los alemanes, por ejemplo, saben que tienen que estar contenidos, conscientes de una responsabilidad histórica que les obliga a esforzarse más por comprender que por condenar a Israel. A los españoles nos debería pasar lo mismo. Somos parte de la historia antisemita que propició, en el siglo XIX, la creación del movimiento sionista y, en el XX, la existencia de los campos de exterminio. Nosotros los españoles (igual que los alemanes) no podemos erigirnos en jueces, ni ponernos al frente de la manifestación, porque el problema palestino lo hemos creado en buena parte nosotros. El pueblo judío tenía vocación diaspórica (vivir pacíficamente entre los demás pueblos), pero los demás no se lo permitíamos. En muchas ciudades españolas (Segovia, Toledo, Sevilla, Gerona…) hay restos de aljamas saqueadas, incendiadas, masacradas, de las que ni tenemos noticia. Tenemos muchas Gazas a nuestras espaldas. Y apareció el sionismo, que es una forma más de nacionalismo. Theodor Herzl entendió que su pueblo, para sobrevivir, tenía que, como los demás, asentarse en un territorio propio. Una parte del pueblo judío abandonó el ideal diaspórico por el pragmatismo nacionalista. Muchos lo lamentaron porque eso suponía renunciar a su genio, pero nadie les puede reprochar que quisieran ser como los demás.