La película No somos de piedra, dirigida por Manuel Summers y estrenada en 1968, constituye hoy un testimonio antropológico y folclórico de inapreciable valor para entender la España del tiempo de la postautarquía, el desarrollismo económico, el masivo éxodo rural, la eclosión de una clase media urbana y desnortada, y el aluvión de un turismo foráneo de sol y playa, que propiciaría la aparición de un estereotipo, el “macho ibérico”, atrapado entre las expectativas rijosas y los estertores del nacionalcatolicismo trentino.
La cinta se constituye en una de las mayores ranciedades sociológicas del llamado “landismo”, subgénero fílmico que exhibía la cólera pusilánime del español sentado y frustrado sexual hasta límites inconcebibles, que se enfrentaba torpemente a la modernidad, a la vez que intentaba, desmañanada y desesperadamente, ligar con turistas extranjeras y con “tous qui portent jupons/ todo lo que lleva enaguas”, dicho en términos del meteco Georges Moustaki.
El film o más bien “flim”, narra la peripecia de Lucas Fernández, personaje interpretado por Alfredo Landa, un padre de familia numerosa y en trance de convertirse numerosísima, que intenta conseguir que su mujer tome “la píldora”, un anticonceptivo que en España no sería legalizado oficialmente hasta octubre de 1978, pero que diez años antes, el momento en el que se empezó a exhibir en cines No somos de piedra, se podía adquirir, aunque con muchas dificultades, en el siempre comprometido y riesgoso mercado negro.






