Lucía Solla Sobral

Escritora

Si tuviese todo el dinero del mundo, tendría una casita sin escaleras, con paredes altas y el fuego siempre encendido para que todas las mujeres de mi vida pudiesen cobijarse del frío y de las malas noticias. Sé que vendrían risueñas, con sus gatas y perros, con los libros y las tazas favoritas, con restos de mermelada aún en las comisuras y el olor a pan tostado escondido en los bolsillos.

Hablaríamos de esto y de aquello sin que nadie nos interrumpiera ni nos explicara lo que ya sabemos, lo que ya hemos dicho tantas veces antes. Nos reiríamos con todos los dientes. Compartiríamos las formas que tuvimos y las que tenemos, encontrando las pocas diferencias que hay entre nuestras heridas. Y, cada noche de verano, nos quedaríamos dormidas hablando o leyendo o acariciándonos el pelo, después de agotarnos jugando a adivinar palabras bajo el agua de la piscina que nosotras mismas habríamos construido.

Y así, por fin, por una vez, podríamos tener esperanza. Sin manos que aprietan, sin miradas que nos meten los dedos en la garganta. Y entonces esta historia, nuestra historia, acabaría bien. El mundo seguiría yéndose a la mierda, pero nosotras estaríamos juntas, cuidándonos y queriéndonos como siempre leímos en otras historias que parecían demasiado lejanas a las nuestras. Ahora sí, diría una de nosotras, ahora es nuestra historia. Ahora hay amor. Y, si hay amor, que ponga ya fin.