La primera vez que los supervisores de la fábrica le entregaron a Lalita (nombre ficticio), una trabajadora de la confección, una cámara montada en la frente, se echó a reír. “Igual que la gente instala una cámara de seguridad en la pared, nos la instalaron a nosotros”, cuenta.
Esta mujer de 32 años llevaba casi un año trabajando en la fábrica textil, a las afueras de Delhi (India), cuando la dirección pidió a los trabajadores de su línea que se colocaran pequeñas cámaras en la frente antes de comenzar sus turnos. Nadie les explicó el motivo.
Mientras Lalita cosía camisas y pantalones, la cámara lo grababa todo: el ritmo de sus manos guiando la tela por la máquina de coser, la precisión con la que alineaba cuellos y costuras, la velocidad a la que sus dedos corregían pliegues e imperfecciones, e incluso las interacciones con sus compañeros. “Al principio nos pareció gracioso, por el aspecto que teníamos todos con el casco”, comenta.
Pero el ambiente en la planta de producción pronto empezó a cambiar. Preocupados por que se estuviera supervisando su productividad, los trabajadores se volvieron más conscientes de sus movimientos. Las conversaciones que normalmente se desarrollaban a lo largo de las líneas de costura se hicieron más silenciosas. Algunos prestaban mayor atención a su trabajo, temerosos de que cada error, pausa o distracción pudiera quedar captado por la cámara.











