0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialMallorca acaba de inventar una nueva categoría turística: el turista sin techo. No se trata del joven que se queda dormido en la playa tras una noche de fiesta. Ni del mochilero que recorre Europa con veinte euros en el bolsillo. Ni siquiera de alguien que ha perdido el último bus. AFP/Getty ImagesHablamos del turista normal, que llega con su maleta, su teléfono móvil y sus vacaciones organizadas. Como sabe que una habitación puede costarle cien, ciento cincuenta o doscientos euros, ha tomado una decisión: ¿para qué pagar por una cama si Mallorca ofrece kilómetros de dormitorio frente al mar? Es difícil encontrar una metáfora mejor del disparate en el que hemos convertido el éxito turístico. Durante décadas hemos medido ese éxito contando personas. Una llegada más era una buena noticia. Un millón más, una noticia excelente. Cada récord superado demostraba que Mallorca seguía siendo una potencia turística.En Mallorca, la playa es un hotel sin recepción, ni licencia, ni tasa turística y sin facturaHasta que hemos conseguido tener turistas que ya ni siquiera necesitan alojamiento. Hemos creado el turista sin techo. En la misma isla donde un trabajador no encuentra una vivienda que pueda pagar, un visitante descubre que tampoco le compensa pagar una habitación. Uno busca desesperadamente un techo para vivir; el otro decide prescindir de él durante sus vacaciones.La playa es un hotel sin recepción, ni licencia, ni tasa turística y, naturalmente, sin factura. La habitación tiene vistas al mar. Una isla no es una discoteca cuyo éxito pueda medirse por cuántas personas conseguimos meter dentro antes de cerrar la puerta. Tiene carreteras, playas, agua, servicios públicos y territorio limitado. Y, sobre todo, habitantes. Personas que no vienen durante siete días, sino que tienen que encontrar casa, desplazarse al trabajo, criar a sus hijos y vivir aquí también en agosto.El turista durmiendo junto a su maleta en una playa no es una anécdota divertida. Primero conseguimos que muchos mallorquines no pudieran permitirse una vivienda. Después conseguimos que algunos turistas decidieran que tampoco merece la pena pagar una habitación. Quizá la metáfora del disparate no sea que haya turistas durmiendo en nuestras playas, sino que muchos pretendan aún contar cuántos más pueden caber.