Hace unos años, me invitaron a presentar uno de mis libros en Ibiza. La idea, en principio, me pareció atractiva: a una le gusta ese encuentro con los lectores y, si encima esto ocurre en un enclave donde puedes darte un chapuzón, pues el plan se vuelve incluso más apetecible. Recién mudada a España tras trece años fuera, había leído sobre la turistificación masiva de Baleares, pero resultó desolador escuchar quejarse del fenómeno a los propios residentes que me acogían: precio de la vivienda por las nubes, bares de toda la vida que desaparecían a ritmo vertiginoso para convertirse en establecimientos caros para extranjeros, falta de profesionales sanitarios, etc. Los testimonios me ponían la carne de gallina: "sólo podemos ir a ciertos lugares cuando cierran las discotecas"; "esta playa antes era nudista, ahora los guiris se escandalizarían”; “casi no escucho castellano, mucho menos catalán". Que haya españoles perdiendo su lengua, sus costumbres y su médico –amén del techo– debería haber desatado ya una respuesta urgente por parte de las administraciones; en cambio, lo que se hace es fomentar un modelo económico corrosivo basado en la explotación local para el disfrute de las multitudes, en muchos casos extranjeras. La falta de acción de todo gobierno es incoherente e irresponsable, pero la incongruencia clama más al cielo entre quienes practican el patrioterismo interesado y tachan de "invasión" cualquier presencia migrante. ¿Dónde habremos de desarrollar nuestras vidas los autóctonos?PublicidadEn Córdoba, desde donde escribo, la avalancha aún no alcanza la gravedad de las Baleares, pero avanza sin tregua igualmente. El casco histórico –y, especialmente, la judería, donde se encuentra la Mezquita– ya es un lugar invivible para los vecinos, que, en buena medida, se han visto obligados a marcharse y renunciar así al disfrute de su propio patrimonio histórico. En verano, sin embargo, las temperaturas infernales nos conceden una tregua, hasta el punto que hemos llegado a bromear sobre el descanso que provoca el cambio climático –sin desmerecer su carácter destructivo–. En las zonas de playa, la cosa cambia: contaminación por cruceros, con hordas que desembarcan y vuelven las calles intransitables; playas cerradas por la abundancia de E. Coli –es decir, mierda, perdonen la expresión–, como ha ocurrido en Tenerife o en Málaga; o el último escándalo de Barcelona, donde montones de turistas duermen sobre la arena de la Barceloneta, algo que es ilegal, aunque no suscita ningún tipo de sanción. A todo ello ha contribuido la creencia errónea de que el crecimiento infinito de cualquier sector económico es beneficioso, sin importar el daño ecológico o la desigualdad que genera; pero, también, asociado a lo anterior, la percepción social que de hay que viajar sí o sí, como medida de valor personal y única forma posible de disfrutar del ocio vacacional.El viaje, no obstante, debería perder su connotación positiva, ahora que ya conocemos sus efectos perniciosos y miles de vecinos se manifiestan cada año contra lo que consideran discriminación, un ejercicio de ostracismo o, incluso, el verdadero gran reemplazo. Modificar el marco semántico de una actividad desempeñada por millones de personas, hoy en día, no es fácil. El universo digital –con su proliferación de fotos– invita al narcisismo de mostrar, todo el tiempo, adónde vamos y qué hacemos; los informativos tratan el turismo casi siempre con un tono celebratorio; la falsa sensación de riqueza y cosmopolitismo va en detrimento de quien adopta una postura diferente: "¿de verdad te vas a quedar en casa?" Pero es preciso ir más allá: pensemos en la cantidad de profesiones que han hecho del viaje una obligación: para aspirar a ser profesor universitario, uno debe foguearse antes en no pocas conferencias internacionales: con ellas se añaden líneas al CV. También lo hacen empresarios, médicos o empleados de banca en retiros o reuniones que podrían haber sido un e-mail. El último Mundial de fútbol, celebrado en tres países, ha sido el de mayor impacto medioambiental de la historia. Yo misma, cada vez que publico un libro, debo desplazarme a otras ciudades y participar en una promoción que, hasta hace poco, no implicaba giras de meses durmiendo en hoteles o –cuando puedo– en casas de amigos.Hay que parar la máquina por el bien de un planeta que cada año nos conduce más rápidamente al abismo, avisándonos con récords medibles y numerosas alertas; por el bien del vecino que somos cuando no nos transformamos en turistas; e incluso porque, en el fondo, tal vez no nos guste tanto: ¿quién puede gozar del sosiego merecido en una costa abarrotada, donde no cabe una sombrilla más?; ¿de verdad vale la pena un baño en el Mediterráneo a 33 grados?, ¿un chiringuito a 40 con humedad, en pleno aviso rojo por calor?; ¿no acaban por parecerse todos los lugares cuando se mercadea con las tradiciones y la comida sabe igual? ¡Ah! Y si ocurre una emergencia, mejor que te pille con tu gente, sabiendo el idioma y aunando esfuerzos, que perdido en alguna isla del Pacífico. A veces, lo más preciado se halla a la vuelta de la esquina, simplemente no nos hemos parado a mirar lo suficiente.