La poesía suscita tanto respeto que mucha gente piensa que no la va a entender y habla de ella como de una lengua muerta

Poeta, no regales tu libro: destrúyelo tú mismo”, rezaba un consejo de Augusto Monterroso desoído a diario. El hecho de que Monterroso fuera uno de los grandes humoristas de la literatura del siglo XX no impide reconocer que la poesía —al contrario que las redes sociales— tiene más prestigio que lectores. Apenas sirve, si te respetan las lesiones, para que un día te den el Premio Nobel, que aún se maneja como si no existiera la lista de libros más vendidos.

Ahí entra en juego el verano. La poesía suscita tanto respeto que mucha gente piensa que no la va a entender y habla de ella como de una lengua muerta. Se olvidan de otro consejo, este de Marianne Moore, autora de un largo texto titulado Poesía que, después de cien tachaduras y correcciones, terminó quedando en los huesos: “A mí tampoco me gusta. / Pero al leerla con absoluto desprecio / encontramos, por fin, / sitio para lo auténtico”. También se olvidan de que la literatura es un subgénero de la autoayuda. Para quien la escribe y para quien la lee. La autoayuda tiene más lectores que prestigio, pero, como el colesterol, la hay buena y mala. No otra cosa es el arte desde que el mundo es mundo y el verano es verano.