Algunos poemas se esfuerzan demasiado. Uno los lee y siente que el poeta trabajó como un carpintero obsesivo: lijado, pulido, barnizado; una metáfora más, otra, otra más, por si acaso. Y al final queda un mueble pesado, lleno de ornamentos, que nadie quiere arrastrar hasta la vereda y que nadie puede llevarse a su casa. Aram Saroyan, hijo del escritor William Saroyan, no necesitaba demostrar que sabía escribir. Eligió lo contrario: demostrar que podía dejar de hacerlo. En plena efervescencia de los años 60, cuando la poesía morteamericana arrastraba cierto prestigio solemne, decidió reducirla a un punto en el que casi desaparece. Su famosa “m” —una letra ligeramente deformada, con una pata de más— fue celebrada y ridiculizada por igual. Y eso ya es una forma inequívoca de éxito. Porque el problema no es si eso es poesía. El problema es que, si lo es, entonces debemos replantearnos demasiadas cosas. Se dijo que esa “m” evoca madre, memoria, música. Se dijo también que es un balbuceo, la primera consonante que pronuncia un bebé, el origen del lenguaje. Todo eso suena muy bien, pero también es sospechoso: cuanto más interpretamos la letra, más palabras le añadimos, más la traicionamos. Quizá el poema consiste exactamente en eso: en obligarnos a trabajar para él, a rellenar un vacío que el autor dejó deliberadamente sin completar. Hay algo ligeramente irritante en esa economía extrema: uno no sabe si admirar la austeridad o desconfiar del gesto.