Sin hacer demasiado ruido, la obra de Vicente Quirarte (1954-2026) está en todas partes, en programas de radio, libros, coloquios y conferencias; en notas al pie o citas bibliográficas. Es difícil hablar de poesía mexicana, de ciencia ficción, de literatura del siglo XIX, la Ciudad de México, fantasmas o vampiros sin que salga a relucir su nombre. Quizá su discreción provenía de saberse rodeado de maestros. Elegante también en su manera de reconocer a los otros, Quirarte nunca tuvo dificultad para declarar una deuda, una admiración o la influencia de quienes lo formaron: su padre, Martín Quirarte, Bonifaz Nuño, López Velarde, y más lejanos en el tiempo, Poe, Lovecraft, Baudelaire o Melville. De sus amigos decía que eran mayores que él “en edad y en todos los sentidos”, pero a base de trabajo, lectura y disciplina él mismo terminó por hacerse mayor en todos los sentidos. Esta es una entrevista realizada a finales de 2024. A pesar del lugar que ocupa en la literatura mexicana, usted ha sido discreto, poco mediático y aun así lo escucho nombrar por todas partes. Bueno, yo trato de ser discreto pero usted lo está descubriendo –respondió sonriendo–. Quizá mi presencia actual se debe a que cumplí 70 años y ha habido una serie de homenajes por parte de la Universidad, la Academia de la Lengua y El Colegio Nacional. ¿A qué le sabe tanto homenaje? En realidad me siento abrumado y también muy complacido. Más que un homenaje a mi persona, lo siento como un homenaje a la Universidad porque yo soy hijo de la UNAM. Soy producto de la educación pública desde que entré a la Iniciación Universitaria en la Prepa 2. [Publicidad]Entonces ha pasado toda su vida en la UNAM.Como dicen, de fósil. Entré en 1967 y no he salido de la Universidad. Allí hice la licenciatura, la maestría, el doctorado y sigo dando clases, conferencias, escribiendo. Di clases nueve años en la UAM Azcapotzalco, pero finalmente regresé. Con tantos reconocimientos, ¿cómo conserva la autocrítica?[Publicidad]Trato de no creer lo que dicen los demás. Lo más satisfactorio es que tus alumnos hagan cosas superiores a uno, pero siempre existe el demonio de la autocrítica, el hecho de que uno se obligue a hacer las cosas mejor. Como dije en mi discurso de ingreso a El Colegio Nacional, uno aspira a que la página de mañana sea menos defectuosa que la página de hoy.***Esa exigencia lo acompañó hasta el final. Vicente Quirarte falleció el pasado 11 de agosto, a los 72 años. Desde tiempo atrás sus movimientos se habían vuelto más lentos, sin embargo, nada alteró la disciplina de sus días. Cuando conversamos a finales de 2024, caminaba con bastón y cada pocos pasos tenía que apoyarse en una silla o un librero de su departamento. Hablar también le exigía esfuerzo, hacía una pausa, buscaba la palabra y sólo entonces la dejaba salir. Nada de eso le impedía aferrarse, con voluntad obstinada, a la vida de siempre.[Publicidad]Era una mañana lluviosa, en cuanto toqué el timbre Quirarte me abrió. Estaba solo en su departamento, al sur de la Ciudad de México, vestido con pantalón crema, camisa blanca y saco azul marino. En el comedor, las sillas ya estaban dispuestas, él se sentó en la cabecera mirando al ventanal y yo a su izquierda en dirección al librero, encima de la mesa estaba su maletín negro y una pila de libros con sus novedades editoriales “son para usted”, dijo señalándolos. Retrato del poeta y ensayista en 2025, tras recibir el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024. Fernanda Rojas/El Universal.Tengo la impresión de que buscó a sus maestros entre gente mayor.Pues sí, fui un joven rodeado de adultos. Mis maestros siempre han sido mayores que yo, en edad y en todos los sentidos. [Publicidad]Y ese joven rodeado de adultos, ¿tuvo también una juventud rockera?Mmm… bueno, sí, aunque no lo crea, yo alguna vez tuve pelo e ilusiones, tuve una época en que los Beatles eran mis ídolos permanentemente; de alguna manera lo siguen siendo. Me dice que tuvo pelo e ilusiones, ¿ya no tiene las ilusiones?[Publicidad]Mi única ilusión era ser poeta. Ahora que apareció mi poesía reunida por la Universidad de Sinaloa veo que aquel sueño se hizo realidad, pero hasta apenas me doy cuenta. De hecho, en la cubierta de forros viene una idea que esbocé en mi juventud que dice que los primeros poemas del muchacho que fui hablan sobre la noche y la lluvia, la soledad y la calle. Cuando el hombre que soy ahora intenta seguir aquellos pasos, descubro que en esencia los temas no han cambiado, que sigo fiel a ese muchacho. Dicen que por mucho que lo intenten los escritores giran siempre sobre los mismos temas.Así es, en mi caso ha sido la noche, la calle y la lluvia. [Publicidad]¿Era consciente de estos temas al principio de su carrera o los detectó en la poesía reunida? Cuando empecé a escribir poesía dije: por aquí va la cosa. Yo empecé en 1971, ese año se cumplieron 50 años de la muerte de López Velarde, él me influyó mucho. Su poesía reunida lleva por título Viento armado, recupera el nombre de su primer libro. El título del primer libro, Teatro sobre el viento armado (1979), es un verso de Góngora que sugirió un poeta de mi generación, Margarito Cuéllar, y me gustó la idea porque viento armado es el arte, la fugacidad de la existencia se materializa en obras creadas por el producto de tus sueños. El arco de un edificio, las notas de una sinfonía, la pincelada precisa están siempre en esa comunión entre la eternidad y el ser sujeto del tiempo. Así que el viento armado es la manifestación del arte en todos sus sentidos. ¿Y qué hacía el joven Vicente de 24 años mientras escribía Teatro sobre el Viento Armado?Pues lo que todo joven hacía, supongo. Adoraba subirme al tranvía y sentir el aire en el rostro. Ya entonces admiraba mucho a Melville, incluso utilizaba una barba como él, trataba de ser como los balleneros de Moby Dick. Su casa está llena de ballenas, figuras, fotografías, peluches… ¿Es por Melville esa obsesión?La ballena es el ser más grande de la creación, un animal emblemático que alguna vez estuvo en tierra, que es mamífero como nosotros y por eso es tan cercano. La ballena es un planeta en sí mismo y eso traté de reflejarlo en dos libros: Bahía Magdalena (1984) que habla sobre esta región de Baja California a donde van cada año las ballenas a tener a sus ballenatos y en Melville en Mazatlán (2015) que habla de los 22 días que Melville estuvo en Mazatlán, aunque si vas allí la gente te va a decir “sí, aquí tomaba su cerveza Pacífico” y ni siquiera existía todavía la cerveza Pacífico, pero los mazatlecos juran que Melville bajó a tierra. Aunque en ese entonces no bajaban a tierra los grumetes como el joven Melville que aún no había escrito nada. En esa obra de teatro yo hago hablar al joven Melville con el Melville desencantado, experimentado que ya está de regreso de todos los combates, que ha escrito su obra y que ahora está dedicado a la burocracia en una oficina. Ahora que lo menciona, uno de los elementos que usted más utiliza en su literatura es el diálogo y dicen que lograr diálogos naturales es de lo más difícil. ¿A sí? –pregunta riendo–pues a mí me resulta muy estimulante, creo que el diálogo es la manera en que puede uno ilustrar su pensamiento, eso lo descubrieron en el Renacimiento con los diálogos de Erasmo, de Platón. Es fácil hablar con el otro a través de los diálogos, no me había fijado pero usted tiene razón yo practico mucho esa forma de expresión. ¿Piensa diferente cuando escribe teatro que cuando escribe poesía o algún texto académico? Sí, creo que se piensa diferente, aunque no podría asegurarle porque no soy dramaturgo profesional, yo acudo a los actores, el director es quien me da la pauta dramática del texto. Me acuerdo que en la primera obra que escribí que fue El fantasma del Hotel Alsace (2001) sobre Óscar Wilde uno de los actores me dijo “yo no puedo hacer nada con este diálogo tiene que decir otra cosa o no actúo” y escucharlo me ayudó mucho a mejorar como escritor de teatro. ***Vicente Quirarte bebe café en una taza de Mafalda, a sus espaldas custodiándolo cuelga un retrato grande de Edgar Alan Poe, no muy lejos otro de Rimbaud y un afiche sobre Lovecraft. Sus finos libreros tienen cabida por igual para libros empastados que para retratos de Ana Frank, un dibujo de un eclipse solar, un águila bicéfala, cerámicas chinas, ballenas de madera, banderas de México, juguetes de playmobil o minions de Mcdonald’s. En su universo, Spiderman y la Familia Burrón conviven sin empacho con los héroes nacionales de la Independencia y el Segundo Imperio. Es aficionado a los cómics porque su padre se los prohibía. Sólo les permitía leer en inglés o en francés y como suele ocurrir, la prohibición los condujo a la pasión, “nos convertimos en lectores asiduos de cómics, una afición que sigue hasta la fecha. A mi padre le parecía que eran una pérdida de tiempo”, a Quirarte no, y uno de sus últimos trabajos fue la conferencia Aventuras para el hombre araña que aspiraba a convertir en un libro: “El primer enemigo del Hombre Araña fue mi padre. Ambos fueron los mejores amigos de mi infancia”, escribió. Su padre le prohibía los cómics, pero también fue quien lo acercó a la poesía y a la historia. En su caso cree que, ¿infancia fue destino?Creo que sí. Evidentemente yo fui hijo de un historiador muy connotado que tenía alma de poeta. Él tenía un fervor enorme por Walt Whitman y por Baudelaire; me los leía en voz alta. Eso se me quedó grabado en la memoria y me hizo crecer y acercarme a la poesía. Su padre parece haber sido un árbol muy frondoso para usted. Compartieron el interés por el Segundo Imperio, por Margarita Maza, por la historia de México. Sí. Escribí Los primeros hijos de México (2018) recordando a mi padre. Es un libro que refleja el fervor por el padre y por un periodo en el que él era experto. Padre historiador, hijo escritor… suficientes ingredientes para el conflicto. Parece que ustedes salieron bien librados. Por fortuna, sí –sonríe. Ha estudiado a escritores para quienes la idea de patria fue fundamental, como Altamirano, López Velarde, los Contemporáneos. ¿Qué significa para usted la patria? La patria es ese territorio que uno tiene, y debe defender con sangre, sudor y lágrimas, como decía Churchill. La patria es la segunda carne que llevamos impresa en el alma. Creo que no hay que tenerle miedo a la palabra patria ni a la palabra patriotismo. Cuando escribe de personajes históricos, ¿Cómo le hace para bajarlos del pedestal?Un historiador me dijo que yo tenía una visión muy carlyleana de la historia. Igual que Thomas Carlyle, admiro mucho a los héroes, les tengo mucho fervor. Trato de entender que son seres humanos de carne y hueso, pero no es obstáculo para que los siga admirando. Me pasa mucho con Juárez. Discuto mucho con mis amigos que me dicen “¿cómo es posible que haya dejado sola a su mujer cuando ella le escribía desde Nueva York que había perdido a su hijo?” Y yo contesto que él estaba haciendo patria. Creo que hay que sacrificar todo, la patria es primero, como dijo Vicente Guerrero. México es primero. ¿Todo requiere sacrificios?Todo.¿Y usted que ha sacrificado por su carrera?Mmm… tiempo y dedicación tal vez, pero no me arrepiento. Otra constante en su obra es la Ciudad de México, la ha construido desde la memoria, la imaginación y la nostalgia. Pero cuando sale a caminarla, ¿con qué ciudad se encuentra? La ciudad de mi niñez es diferente a la de ahora. Recuerdo, por ejemplo, que la calle de Palma era un prodigio de calle. Era mágica. Había papelerías y en una de ellas mi papá me compró mi primera pluma fuente. Ahora está totalmente ocupada por vendedores ambulantes, es imposible caminar por el Centro los fines de semana y eso no pasaba en mi niñez. En mi memoria, la ciudad era otra cosa y ahora se ha vuelto un territorio muy agresivo, muy difícil de sostener. A pesar de todo, amo a mi ciudad y creo que no podría vivir en otra que no fuera la Ciudad de México. Ya no es el paraíso que nos permitía caminar libremente cuando éramos niños o adolescentes, pero sigue siendo una ciudad entrañable.¿Qué es lo que más le preocupa del porvenir de la Ciudad? La inseguridad y la cantidad de personas que somos. Cuando era niño éramos menos. Quizá lo que más me preocupa es la cantidad de gente porque va a provocar una lucha por el agua, que es lo más inmediato que vamos a perder. Un poeta frente a estas situaciones, ¿qué puede hacer?Sólo seguir levantando la voz para decir la injusticia del mundo. Recuerdo el poema de David Huerta dedicado a los muertos de Ayotzinapa. Eso es lo que debe hacer un poeta. ¿Ser citadino cambió su concepción del mundo?Evidentemente. Yo amo las ciudades y creo en la idea de Bonifaz Nuño de que la ciudad es el sitio de la solidaridad y la fraternal comunicación. Creo que en la ciudad es donde se realizan y se buscan realmente las alianzas. El campo me resulta atractivo, pero a la larga me aburre. La ciudad es desafiante, un reto constante, eso es lo que me gusta, la posibilidad que te ofrece para el anonimato. ¿Nunca se dejó seducir por la frivolidad del mundo literario? Bueno, quizá sí… –se ríe y enseguida rectifica–. Yo creo que no. La literatura debe ser un ejercicio solitario donde uno busca la verdad y la autenticidad.Buscar la musculatura del lenguaje, como usted dijo. ¿Yo dije eso? –pregunta divertido. Pues es muy cierto. Existe la inteligencia como dice Hemingway, pero existe también el trabajo y la disciplina, que te exige ser constante. Como decía Robert Frost, pienso que el poeta es como un atleta, debe entrenar constantemente. De otra manera no sirve de nada.Oiga Vicente, hemos hablado de que le gusta el anonimato. Pero las instituciones culturales más importantes de este país lo han recibido como miembro, ¿Se da cuenta de ello? Pues sí, es una sorpresa y una gran satisfacción… Sí me ha recibido, ¿no? –repitió como si se lo preguntara a sí mismo–. Es asombroso. No planeé nunca ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua o de El Colegio Nacional, menos de la Junta de Gobierno que, como decía un amigo, es el honor más grande que te da la Universidad, aparte de ser Rector. Creo que el secreto, por lo menos en la Academia, es que me llevaba bien con todos los que votaron por mí. No tenía enemigos en ese momento; supongo que ahora sí los tengo. Ya que lo menciona, ¿le hubiera gustado ser rector? No, la verdad no. Yo creo que uno nace para lo que es y yo quería ser escritor. ***Fue escritor. Quirarte publicó alrededor de 64 libros a lo largo de su carrera, abarcando poesía, ensayo, crónica y dramaturgia. Los libros fueron sus grandes compañeros, pero también sus maestros de vida. De niño, su padre le enseñó que los libros debían de empastarse y que por ley los libros más queridos eran los más maltratados. En 1985 él vivía en la colonia Roma, el terremoto dejó inhabitable su edificio y solo lo dejaron sacar las cosas más importantes: eligió dos libros que habían pertenecido a la biblioteca de su padre. Años más tarde, en 2016, con su esposa Patricia, el día que pusieron el último sillón de la biblioteca de sus sueños, “la Capilla Vicentina”, ella entró al hospital y no salió. “Fue un golpe muy duro. Era la biblioteca de mis sueños y pensé que la compartiríamos para toda la vida”, recordó.Si tuviera que volver a rehacer su biblioteca, ¿qué rescataría?No sé, yo creo que una ballena –, responde suspirando. El que acumula objetos siempre tiene el temor a perderlos, ¿no le parece? Yo sí tengo apego a los libros, pero no al extremo. La vida me ha enseñado y ahora pienso que hay que vivir desnudo de toda posesión, dispuesto siempre para la partida. Uno tiene que estar puesto siempre para irse, discretamente y con elegancia. En la casa del escritor destacaban las figuras de ballenas, animal que considera “el ser más grande de la creación”. Cortesía Uriel Santiago Velasco.
“Mi única ilusión era ser poeta”: Vicente Quirarte
En esta entrevista inédita, el escritor recién fallecido habla de su vocación de poeta, sus maestros, su pasión por los libros y por la Ciudad de México







