Apoyo los rifirrafes en redes sociales del ministro Óscar Puente, incluso cuando los tiene con gente de mi gremio, esto es, periodistas, siempre que no salgan de ese ámbito de troleo y conversación pública. No soy tan ilusa de creer que el llamado cuarto poder, hoy en franca decadencia en cuanto a su verdadera utilidad social, puede enfrentarse en igualdad de condiciones al poder real, el que usa o puede usar los recursos del Estado para aplastar, callar o promocionar agendas, políticas y medios. Tampoco soy tan ingenua para pensar que los medios solo hacen periodismo y no política. Podríamos discutir años sobre quién de verdad manda en España y cantar relatos de David contra Goliat pero la realidad es la que es. El auge ultra en Europa y España, por un lado, y la incomparecencia o incapacidad de “las izquierdas” para combatirlo.
Quiero creer que Puente dice lo que piensa en sus redes y que eso no lo compagina con una llamada o un WhatsApp amenazante al director del medio que contrata al columnista que le disgusta. Si no es así, que se publique y dimita el ministro. Nadie es intocable, y menos en este aparente fin de ciclo. Si lo de Puente se queda en X es como si sucediera en Las Vegas: X es un sucedáneo algorítmico y dopado de la vida real. Más digno de debate es que “la izquierda” no tolere que “la izquierda” critique a Óscar Puente. Al ministro de Transportes le critican cada día, y con virulencia, desde la derecha, así que el tema es si la izquierda ha perdido la capacidad de autocrítica o si ya no se tolera tocar al PSOE porque Sánchez se percibe como el último bastión ante el avance ultra: cuando caiga él, caerá toda la izquierda y pueden peligrar todos los avances conquistados. El verdadero tema es, pues, si hemos sido psoeizados como táctica de supervivencia.







