Aunque el negacionismo incluso se burle, un tridente combinado de efectos de la crisis climática está golpeando a España este verano. Las miles de muertes atribuibles al calor, el cuarto de millón de hectáreas carbonizadas en incendios forestales y la sequía que han confluido estos meses estivales evidencian la peor cara de la emergencia.
La secuencia que reflejan los datos de calor, incendios y sequía —observada también en cursos recientes como 2022 y 2025— describen el nuevo patrón que se instala a medida que el calentamiento global se hace más presente. Si por separado cada uno es un impacto severo, juntos hablan de la emergencia climática.
La ciencia lleva tiempo explicando —el primer informe interno puede situarse en 2005— cómo impacta el cambio climático en España. Dos décadas después, en 2025, el Gobierno publicó la Evaluación de riesgos e impactos derivados del cambio climático que dice: “Los peligros climáticos predominantes incluyen el aumento sostenido de la temperatura media, la intensificación de las olas de calor, la reducción de la precipitación y la mayor frecuencia de eventos extremos (inundaciones, temporales marítimos, incendios forestales)”.
La descripción se ajusta a lo vivido en lo que va de 2026.








