En una combinación casi infalible, las negligencias humanas cometidas durante una ola de calor como la que vive España estos días han resultado en una batería de incendios forestales de difícil extinción.
Las temperaturas extremadamente cálidas provocadas por el cambio climático —que asfixian a la población en los núcleos urbanos— comenzaron también a resecar el monte a finales de mayo, continuaron a finales de junio y se han reactivado a comienzos de julio. Un calor extremo que, en realidad, no se va e incrementa la inflamabilidad de la vegetación: las plantas resecas arden mucho más.
“No parecen causas naturales”, ha dicho este lunes la delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé, sobre el incendio de Soneja (Castellón), donde las llamas han penetrado en el parque natural sierra de Espadán. El Seprona investiga las causas.
En el incendio de Les Gavarres (Girona), que ha quemado más de 2.000 hectáreas, la principal hipótesis es el trabajo con una sierra radial —y las consiguientes chispas— en una carretera. “Todo apunta a unos trabajos mecánicos”, dijo el jefe regional de los agentes rurales, Jaume Bosch. Unas labores “sin permiso”, de acuerdo con la normativa antiincendios de Catalunya, añadió.















