NoticiaDurante siglos, el placer, especialmente el femenino, fue ignorado, reprimido o administrado por otros.El orgasmo tiene un impacto revitalizador en el cuerpo. Foto: iStock22.08.2026 16:24 Actualizado: 22.08.2026 16:24
Hubo una época en que el orgasmo era un misterio. Ahora parece un indicador de gestión. La sexualidad contemporánea, tan orgullosa de haberse liberado de culpas, consiguió fabricar una nueva tiranía: hay que disfrutar bien. Hay que excitarse, responder, durar, innovar, llegar y, si es posible, demostrar entusiasmo durante todo el procedimiento. La cama terminó pareciéndose peligrosamente a una evaluación de desempeño.No es difícil entender cómo se llegó hasta aquí. Durante siglos, el placer, especialmente el femenino, fue ignorado, reprimido o administrado por otros. Que hoy se hable de él es una conquista. El problema empieza cuando una conquista se convierte en examen.El orgasmo genuino a veces se manifiesta en conexión emocional. Foto:iStockEntonces aparece la pregunta después del sexo: “¿Llegaste?”. No siempre como gesto de ternura. A veces suena a auditoría. Y en esa pequeña interrogación caben demasiadas cosas: inseguridad, orgullo, comparación, necesidad de aprobación y una sospecha de que un encuentro sexual sin orgasmo es, de algún modo, un encuentro defectuoso.Quizás por eso también se finge. No necesariamente para engañar al otro, sino para terminar la función con todos los casilleros marcados. El orgasmo fingido puede ser, entre muchas otras cosas, una cortesía absurda frente a una cultura que decidió que el placer debía producir resultados verificables.Pero el cuerpo no siempre coopera con las expectativas. Hay noches espléndidas que no terminan en ninguna explosión y orgasmos impecables que ocurren en encuentros perfectamente olvidables. Hay deseo sin clímax, ternura sin acrobacias, excitación que se desvanece y placer que aparece donde nadie lo había programado.Estimular el punto P puede generar un orgasmo prostático, distinto al tradicional. Foto:iStockTal vez se ha confundido placer con rendimiento. De hecho, la pornografía ayudó bastante a esa confusión. Allí nadie se distrae, nadie pierde la erección, nadie necesita parar porque le dio un calambre, nadie recuerda de repente que dejó la puerta abierta. Todo funciona con una eficacia industrial que la vida real, por fortuna, rara vez tiene.Y las redes hicieron el resto: cuerpos disponibles, expertos improvisados, estadísticas sobre cuánto debe durar el aquello, cuántas veces debería ocurrir y cuál sería la posición capaz de garantizar más placer. Nunca se había recibido tanta información sobre sexo ni tantas razones para preguntar si se está haciendo como toca. Quizá convendría devolverle al orgasmo algo de su antigua irresponsabilidad. Dejar de perseguirlo con cronómetro, manual y ansiedad. Que sea extraordinario cuando lo sea y prescindible cuando no llegue. Que deje de ser la meta obligatoria de un recorrido y vuelva a ser apenas una de sus posibilidades.Porque una buena encamada no siempre termina con un orgasmo. A veces termina con una carcajada. Y, si se piensa bien, tampoco es un mal resultado. Hasta luego. Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







