Sally Albright está sentada frente a Harry Burns en una cafetería de Nueva York cuando comienza a gemir y a retorcerse en su asiento. Se lleva las manos a la cabeza, se sacude el pelo, y pone los ojos en blanco mientras las personas a su alrededor se la quedan mirando. Cuando termina el espectáculo, Sally continúa comiendo como si no hubiese ocurrido nada.Meg Ryan, en la película 'Cuando Harry encontró en Sally', fingiendo un orgasmo. // CapturaTercerosLa escena de la película Cuando Harry encontró a Sally (1989) se ha convertido en un clásico, y el episodio de Sally no es en vano, sino un intento de mostrarle a Harry que los hombres no son capaces de averiguar si una mujer está fingiendo un orgasmo. Pero el orgasmo real, en el que no hace falta actuar, no llega igual para todo el mundo ya que no todas las personas alcanzan el clímax con la misma frecuencia durante sus relaciones sexuales. A esa diferencia entre colectivos se la conoce como brecha orgásmica.Es muy importante generar nuevos imaginarios sexuales que eroticen la igualdad, la ternura, los afectosAndrea García-SantesmasesSociólogaSegún el XI Barómetro de los Españoles y el Sexo, elaborado en 2023 por la marca de bienestar sexual Control, seis de cada diez mujeres reconocen haber fingido alguna vez un orgasmo. Entre ellas, un 42% asegura haberlo hecho para no hacer sentir mal a su pareja, mientras que otro 42% para terminar antes el encuentro. En cambio, entre los hombres, el 85% afirma no haberlo hecho nunca.Para Andrea García-Santesmases, socióloga, profesora de la UNED, y autora del ensayo Un nuevo contrato sexual, reducir el problema al número de orgasmos deja de lado cómo se desarrolla el encuentro. En el caso de las relaciones heterosexuales la brecha no se refiere únicamente a la diferencia de orgasmos “sino a cómo estas suelen reproducir una coreografía sexual que prioriza el placer masculino, en la que, por ejemplo, es más habitual la felación que el cunnilingus”, explica la socióloga.Lee tambiénSobre esa idea, García-Santesmases recupera el concepto del contrato sexual de la filósofa Carole Pateman, que explica cómo las relaciones entre hombres y mujeres están condicionadas por unas reglas sociales, que a su vez determinan unas expectativas para cada uno. Es decir, aunque a día de hoy el sexo esté considerado como un espacio de libertad, no dejan de reproducirse en la cama los roles que se han aprendido fuera de ella: quién debe dar placer y quién debe recibirlo.Francesca Bridgerton, personaje de la serie de época de NetflixLIAM DANIEL/NETFLIXDurante la cuarta temporada de Bridgerton, la serie introduce un eufemismo de la época de la Regencia para referirse al orgasmo: el “pináculo”. Francesca Bridgerton comparte con otras mujeres su preocupación por no alcanzarlo en sus relaciones con su marido. De hecho, Francesca ni siquiera sabe qué significa o cómo se siente el “pináculo”, y cuando su marido le comenta que llegar ese punto de placer le facilitaría la concepción, ella llega a pensar que su incapacidad para alcanzarlo puede ser la razón por la que todavía no se ha quedado embarazada.En la pornografía se muestra un sexo teatralizado y performativo que está lejos de la realidadMónica BranniSexólogaIgual que García-Santesmases, Mónica Branni, sexóloga, divulgadora y autora del libro ¡Mujeres al placer!, señala que hay que virar la mirada a la forma en que se ha concebido históricamente la sexualidad femenina. Desde esta perspectiva, el sexo de las mujeres ha adquirido tradicionalmente una función instrumental reproductiva y al cumplimiento de determinados roles sociales, sobre todo de dentro del matrimonio, más que a su propio deseo. Esos aprendizajes, acumulados durante generaciones, terminan formando parte de la manera en que se entiende y se practica el sexo.Por otro lado, las prácticas sexuales también están influenciadas por la representación cultural del orgasmo, donde la pornografía contribuye a construir esas ilusiones por los tipos de cuerpos que aparecen, cómo se llevan a cabo y por la manera en la que se representa el placer: con gemidos, gritos, movimientos exagerados, o determinadas reacciones físicas que forman parte de esa coreografía. Según la experta, al final se muestra un sexo “teatralizado” y “performativo” que está lejos de la realidad. A raíz de esa comparación afloran inseguridades que contribuyen a alimentar dudas. Una de las que escucha con frecuencia en su consulta son pacientes que no saben si han tenido un orgasmo “porque no grito tanto”, revela Branni.Descartada la brecha por la anatomía - ya que pene y clítoris son, embriológicamente, el mismo órgano colocado de forma distinta, según recuerda Branni -, un estudio liderado por David Frederick, Archives of Sexual Behavior, analizó 52.588 adultos estadounidenses y concluyeron que el 86% de las personas lesbianas alcanzaban el orgasmo habitualmente, veintiún puntos por encima de las heterosexuales. Lo que cambia para que este porcentaje sea tan alto, explica la sexóloga, es la comunicación abierta sobre lo que apetece entre las personas en la relación, la centralidad del clítoris por encima de cualquier otra práctica y, sobre todo, menos presión para complacer a la otra persona.En la coreografía también persiste la idea de que la penetración vaginal es la vía principal para llegar al clímax, cuando para la mayoría de personas con vulva, la estimulación clitorial es fundamental. Al confesarle alguien en consulta, casi como si fuera una rara avis, que su estimulación es “clitoriana”, Branni contesta: “tú y prácticamente todas”. Y esa es la trama de El placer es mío (2026), una comedia francesa que se estrenó en España en junio, inspirada en la pareja alemana que en 2014 inventó el Womanizer, uno de los primeros succionadores de clítoris. La protagonista, Fanny, le confiesa a su marido que en veinte años de matrimonio nunca ha tenido un orgasmo y él decide averiguar por qué. La historia refleja cómo la industria del placer se ha construido durante décadas alrededor de las necesidades sexuales masculinas.La industria del deseo femenino busca mejorar, corregir, adecuar, formatear y estandarizarla la erótica femeninaAndrea García-SantesmasesSociólogtaUna mujer sujeta un succionador de clítorisOtras FuentesPrecisamente, el primer vibrador data de principios de la década de 1880; una invención del doctor Joseph Mortimer Granville, con el fin de tratar dolencias masculinas. A pesar de que en ese momento no era aconsejado para su uso sexual, el invento se ha considerado históricamente como la primera herramienta que ayudó con el “paroxismo” o la “histeria femenina”, un falso diagnóstico médico que creían que afectaba tan solo a mujeres y que sus síntomas sólo podían curarse con masajes pélvicos realizados por médicos hasta que se llegaba al orgasmo.Si antes el placer femenino permanecía relegado a un segundo plano, ahora ocupa cada vez más espacio en el mercado. Proliferan juguetes, terapias y servicios destinados a mejorar la sexualidad de las mujeres. García-Santesmases denomina a este fenómeno “la industria del deseo femenino”, y engloba los bienes y servicios “relacionados con la erótica femenina que buscan mejorarla, corregirla, adecuarla, formatearla, estandarizarla”.Pero la mayor visibilidad del placer femenino no significa que se hayan deshecho las reglas que tradicionalmente han organizado el sexo. La sexóloga advierte que la idea de libertad sexual se ha identificado a menudo con la desaparición de los tabúes, sin preguntarse quién ocupa el centro de las nuevas representaciones. Pone como ejemplo la época del destape en España, presentado como una revolución sexual, pero basado en la exposición de cuerpos femeninos para la mirada masculina. Por lo que, para ella, las relaciones sexuales tampoco se producen al margen de las desigualdades sociales y considera que analizar la brecha orgásmica únicamente desde el género resulta insuficiente y que hay que atender a otros factores, como el racismo o el capacitismo. “La clave está en que no se conviertan en relaciones de subyugación”, resume García-Santesmases.Esa tensión entre una mayor libertad para hablar de sexo y las normas que todavía condicionan el deseo aparece también en A cuatro patas, la novela de Miranda July publicada en España en 2025. Su protagonista, una mujer de casi cincuenta años, abandona un viaje por carretera para instalarse en un motel donde explora su sexualidad y su deseo, al margen de las expectativas que hasta entonces habían imperado en su vida. Una cuestión que también se explora en Tomorrow Sex Will Be Good Again de la ensayista Katherine Angel, y cuyo título rescata una formulación de Michel Foucault en la que cuestiona la idea de que hablar más de sexo equivale automáticamente a ser más libres sexualmente.Después de haber pasado de una sexualidad en la que el placer femenino apenas tenía espacio, a otra en la que se anima a las mujeres a conocerse, experimentar y disfrutar, el orgasmo puede acabar funcionando como otra medida de éxito. Para Branni, hay que apartarse de esa lógica finalista. “No debería importarnos tanto el orgasmo”, sentencia, y en su lugar, propone prestar atención a lo que ocurre durante el encuentro para ampliar la experiencia. Para García-Santesmases, el objetivo es similar ya que “es muy importante generar nuevos imaginarios sexuales que eroticen la igualdad, la ternura, los afectos”, concluye.Cuando en la película Sally continúa comiendo su plato, la mujer de la mesa contigua le pide al camarero que le sirva “lo mismo que a ella”. Más de tres décadas después, el cambio consiste en dejar de buscar una única receta para el placer y empezar a escuchar qué quiere, qué necesita y cómo disfruta cada persona.