En 1968, El turismo es un gran invento, de Pedro Lazaga, convirtió en comedia una transformación crucial que estaba cambiando España. El alcalde interpretado por Paco Martínez Soria viajaba a la Costa del Sol para descubrir cómo convertir su pueblo en un destino turístico. Allí encontraba hoteles, playas, turistas extranjeros y una modernidad que contrastaba con la España gris, reprimida y resignada de la dictadura. La película captó, seguramente sin pretenderlo, una realidad: el turismo fue un gran invento.PublicidadLo fue porque abrió una economía que venía de la autarquía, generó empleo, impulsó infraestructuras y puso a una sociedad aislada en contacto con hábitos y formas de vida que el franquismo había intentado mantener fuera. Desde los años sesenta, España se incorporó aceleradamente al turismo de masas europeo. El Estado franquista no fue un espectador: promovió el sector mediante legislación, planificación, subvenciones y una política territorial dirigida a atraer inversiones y visitantes. Como explican los investigadores Macià Blázquez-Salom e Ivan Murray, el punto álgido llegó durante el desarrollismo de los sesenta y transformó especialmente el Mediterráneo, Baleares y Canarias.El problema es que aquella alfombra roja nunca terminó de retirarse. La democracia heredó una industria acostumbrada a que crecer fuera siempre una buena noticia: más vuelos, más hoteles, más urbanizaciones, más visitantes. Durante décadas construimos infraestructuras para aumentar la capacidad de absorción turística y subordinamos demasiadas veces el territorio a su rentabilidad. Tras la crisis de los setenta, ese modelo se entrelazó además con la liberalización financiera e inmobiliaria. Llegaron las urbanizaciones, los campos de golf, los puertos deportivos y los megaproyectos, muchas veces acompañados de especulación y apoyo público.Canarias y Catalunya se agotanHoy observamos su consecuencia extrema en Canarias. En unas islas con poco más de dos millones de habitantes entraron cerca de 20 millones de turistas en 2025. Su actividad generó más de 23.000 millones de euros, alrededor del 40% de su PIB, pero en cambio, la capacidad adquisitiva de los canarios y canarias lleva mermándose desde hace décadas y hoy en día el acceso a la vivienda está más difícil que nunca en la historia democrática, con precios que incluso superan a los de muchas ciudades europeas. Hoy las islas registran más de 43.000 viviendas vacacionales por tan solo 20.000 públicas y más de 210.000 viviendas vacías y cerca del 40% son adquiridas por fondos buitres e inversores extranjeros. La pregunta, por tanto, ya no puede ser cuánto dinero genera el turismo, sino cuánto bienestar produce y cómo se distribuye. Porque un territorio puede batir récords turísticos mientras su población suma dificultades y soporta una exclusión creciente y la saturación de infraestructuras, espacios naturales y servicios.Catalunya debería mirarse en ese espejo, con un número de visitantes superior que la convierten en uno de los territorios con más afluencia del continente. Ciertas áreas como Barcelona y la Costa Brava concentran especialmente las tensiones de un modelo que convierte los entornos y las viviendas en activos turísticos y de especulación, sustituye el comercio cotidiano, presiona el transporte y disputa el espacio público a quienes viven en las ciudades y los pueblos con controles insuficientes o inexistentes. El área metropolitana de Barcelona ha sustituido la hegemonía de la industria pesada por los servicios, en los que la industria turística predomina. El sector terciario representa ya alrededor del 75% del PIB catalán y, dentro de este, la industria turística se acerca al 30%. El resultado es que las rentas del trabajo se han devaluado, mientras el coste de la vida sube.PublicidadGobernar la industria turísticaErnest Cañada lo resume con una idea fundamental: el problema es la sobreespecialización. En los territorios más turistificados necesitamos decrecer turísticamente y diversificar la economía. La turistificación incrementa el precio de la vivienda, mercantiliza espacios públicos, satura el transporte y desplaza tejido comercial y población residente. El resultado es una pérdida del territorio como espacio compartido cada vez mayor.Pero decrecer no significa acabar con el turismo. Significa, como indica el antropólogo José Mansilla, gobernarlo. Establecer límites a la capacidad de alojamiento y a los pisos turísticos; impedir nuevas operaciones especulativas sobre suelo y vivienda; parar la creciente promoción destinada a incrementar visitantes; proteger los espacios naturales; limitar cruceros y vuelos cuando la capacidad ambiental y urbana esté desbordada (que ya lo está sobradamente en todos los núcleos turísticos); mejorar las condiciones laborales; e implementar, aumentar y utilizar tasas turísticas para financiar vivienda pública, transporte, servicios ciudadanos y conservación del territorio.También significa distribuir ingresos. No podemos aceptar como inevitable que la rentabilidad empresarial crezca mientras los salarios y la calidad de vida de quienes sostienen el destino decrecen en capacidad adquisitiva y calidad de vida. Blázquez-Salom y Murray describen a la actividad turística hoy en día como una industria cada vez más financiarizada, con fondos de inversión adquiriendo alojamientos y grandes grupos capaces de negociar ventajas fiscales, suelo, infraestructuras y regulaciones favorables. La financiarización del alojamiento turístico ha intensificado todavía más esa concentración del capital.PublicidadReducir y repartirPor eso reducir visitantes es solamente una parte de la respuesta. La otra es repartir mucho mejor los beneficios: mejores salarios, mayor fiscalidad sobre las rentas extraordinarias, menos margen para la especulación y más retorno económico sobre el territorio que hace posible el negocio.Viajar, conocer otros lugares y recibir a quienes quieren conocer el nuestro puede seguir siendo algo extraordinario. Pero la industria turística descontrolada no es para nada un gran invento. Ya no podemos permitirnos este desgobierno que cada año nos roba un poco más de nuestras ciudades, nuestras costas y nuestra vida cotidiana para mantener su rentabilidad. Turismo, sí. Pero no así.