La radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política, sino que alcanzan a todos los ámbitos de nuestro debate social y económico; no hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo. Es el caso por excelencia del turismo, en que nos movemos entre defender su decrecimiento o, por el contrario, dejar que el libre hacer del mercado conduzca a un aumento incesante del número de visitantes. Estos días, iniciando la temporada de verano, han vuelto a emerger posicionamientos contundentes en uno u otro sentido.Así las cosas, merecen especial consideración las recientes declaraciones de Amancio López Seijas, nuestro gran hotelero y ejemplo paradigmático de self-made man , al afirmar que “el turismo no puede ser infinito… podemos elegir el turismo que necesitamos… el modelo de bajo coste de la España de los sesenta ya no vale”. Que estas consideraciones provengan del empresario de referencia confirman la necesidad de abordar una reconducción del modelo turístico, especialmente de aquellos negocios que se sustentan en empleos de muy baja calidad que, además, sobrecargan infraestructuras y servicios públicos esenciales.Hay que abordar una modernización sensata y progresiva del sectorEl turismo que, hasta hace pocas décadas, se consideraba como una actividad exclusiva del atrasado mundo meridional, abocado a malvivir de sol y playa, se ha transformado a tal velocidad que, hoy, todos los países desarrollados compiten para atraer a visitantes. En este sentido, España, a la vez que sigue acogiendo al tradicional turismo masivo de verano, ha desarrollado una alternativa de calidad, generadora de riqueza durante todo el año y articulada alrededor del atractivo de sus ciudades.Por ello, dado el excelente momento del sector y las buenas cifras del conjunto de la economía española, especialmente de sus niveles de ocupación, tenemos que aprovechar las circunstancias para abordar una modernización sensata y progresiva del sector. Un proceso liderado por los poderes públicos y, también, por aquel empresariado que, con una visión a largo plazo, va más allá del tradicional limitarse a los intereses más inmediatos.En la década de los sesenta del pasado siglo, el genial Pepe Isbert protagonizó una comedia, acorde con el contexto, a la que el paso del tiempo ha hecho honor a su título El turismo es un gran invento . Así ha sido y, para que siga siéndolo, no podemos entregarnos a la comodidad del ir haciendo a la vez que nos congratulamos con el aumento del número de visitantes año tras año.Al sector le corresponde orientar sus energías a diseñar un futuro que pasa por aprovechar el momento, empezando por comprender que el malestar ciudadano no se orienta tanto al turismo en general como a unos excesos que distorsionan la vida vecinal y no aportan nada al conjunto de la economía.