Cuando un niño llora en un avión, corre por un restaurante, salpica en una piscina o tiene una rabieta en un supermercado, el diagnóstico suele ser inmediato: está mal educado. Casi al mismo tiempo, aparece un segundo juicio: sus padres no saben educarlo. La asociación resulta tan habitual que apenas se cuestiona. Cuando un menor se comporta de una manera que incomoda a quienes le rodean, con frecuencia se interpreta que ha habido un fallo en la educación recibida. Sin embargo, esa relación aparentemente evidente merece ser revisada.La educación influye, y mucho. Los límites, el acompañamiento emocional, las normas y el ejemplo de los adultos desempeñan un papel decisivo en el desarrollo. Existen familias que encuentran dificultades para establecer límites y también situaciones en las que los adultos renuncian a ejercer su responsabilidad educativa. Es evidente.Pero el neurodesarrollo tiene un papel fundamental en la conducta infantil. Esperar el turno, controlar los impulsos, tolerar la frustración o permanecer sentado durante largos periodos de tiempo no son capacidades que aparezcan cuando un adulto las enseña. Son habilidades que se construyen progresivamente, conforme madura el cerebro y la criatura acumula experiencias de aprendizaje. Buena parte de ellas dependen de las funciones ejecutivas —el conjunto de procesos cognitivos que nos permiten planificar, inhibir impulsos, regular la conducta y adaptar nuestro comportamiento a las demandas del entorno—, cuyo desarrollo continúa durante toda la infancia y la adolescencia y no alcanza su madurez hasta bien entrada la edad adulta.La psicología del desarrollo y la neurociencia llevan décadas mostrando que estas competencias no dependen exclusivamente del estilo educativo de las familias. Sin embargo, buena parte del debate público sigue apoyándose en una explicación mucho más simple: si un niño o una niña molesta, alguien ha hecho mal su trabajo. Esta forma de interpretar la conducta infantil refleja un profundo desconocimiento del desarrollo, unas expectativas poco realistas sobre lo que significa ser niño y una escasa tolerancia hacia los comportamientos propios de la infancia.El mundo adulto concede un enorme valor al control, el orden y la eficiencia. También a la posibilidad de controlar lo que ocurre alrededor y disfrutar de experiencias libres de interrupciones, ruido o imprevistos. Son aspiraciones perfectamente legítimas que evidencian, al mismo tiempo, que el bienestar individual ocupa un lugar central y, con él, la expectativa de que nada altere la propia comodidad. Desde esta lógica, resulta fácil olvidar que la infancia representa justamente lo contrario: una etapa marcada por la impulsividad, el movimiento y la exploración.Regular las emociones, respetar las normas de convivencia y minimizar el impacto de la propia conducta sobre los demás son habilidades necesarias para una convivencia cívica en cualquier sociedad. No obstante, pretender que un menor las domine con el mismo nivel que un adulto es, sencillamente, un error.Una niña de tres años puede mostrarse inquieta en el pasillo de un museo aunque sus padres le hayan explicado una y otra vez que debe permanecer tranquila. Un bebé puede llorar desconsolado en una iglesia a pesar de que su madre haga todo lo posible por calmarlo. Un niño pequeño puede hablar alto en la ceremonia de una boda e interrumpir una conversación adulta sin que ninguna de esas conductas constituya una prueba de negligencia parental. En muchos casos, son respuestas esperables para una etapa del desarrollo en la que la autorregulación todavía está en construcción.Educar y madurar son procesos distintos. Los padres pueden acompañar, poner límites, anticipar situaciones y enseñar estrategias de regulación emocional. Lo que no pueden hacer es acelerar el neurodesarrollo de sus hijos ni adelantar la aparición de capacidades que solo llegan con el tiempo y con la empatía de una comunidad capaz de comprender que la infancia no puede transcurrir en silencio.Sin embargo, buena parte del juicio social sobre la crianza parece apoyarse en un criterio muy diferente. Uno de los principales indicadores de que la criatura está “bien educada” sigue siendo su capacidad para pasar desapercibida y no alterar la experiencia de quienes le rodean. Como si el éxito de educar consistiera, ante todo, en reducir el impacto que la infancia tiene sobre la comodidad de los adultos.Pocas etapas del desarrollo están tan expuestas al juicio ajeno como la infancia. Cuando un niño o una niña no responden al ideal de obediencia y autocontrol que todavía persiste en el imaginario colectivo, reaparece con facilidad la nostalgia por una educación basada en la autoridad incuestionable, abanderada por expresiones como “la colleja a tiempo” o “antes estas cosas no pasaban”. Se olvida, sin embargo, que durante décadas muchos de ellos obedecieron no porque hubieran desarrollado un mayor autocontrol, sino porque habían aprendido a temer las consecuencias de desobedecer.La consecuencia inevitable de esta forma de entender la buena educación es una paradoja difícil de ignorar. Se espera que los más pequeños aprendan a convivir, pero existe poca disposición a convivir con ellos —salvo que ese aprendizaje transcurra en silencio—. Si un avión, un restaurante, un museo o un hotel dejan de considerarse espacios adecuados para la infancia porque los niños pueden llorar, moverse o incomodar a los adultos, conviene preguntarse dónde se espera que aprendan a desenvolverse. ¿Debe la crianza replegarse exclusivamente a los espacios específicamente pensados para familias? ¿Son los niños y las niñas compatibles con la vida compartida?
Niños maleducados y padres que no saben criar: una afirmación que merece ser revisada
Antes de atribuir cualquier conducta a una mala educación o a unos progenitores incapaces, conviene preguntarse cuánto sabemos realmente sobre cómo crecen, aprenden y se autorregulan los menores y cómo convive la sociedad con la infancia








