Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Es imposible no sentir algo de culpa cuando la vida personal y social sigue su curso mientras las víctimas del terremoto del 10 de agosto son más de cuatro millones. Celebrar cumpleaños, ir a cine o salir a cenar, mientras esas mismas víctimas tienen sus casas entre escombros, no saben nada de sus seres queridos o, lo que es aún peor, intentan recuperar sus cuerpos para poder enterrarlos. Es difícil no cuestionarse si hacemos bien cantando y divirtiéndonos en conciertos, incluso si son benéficos y en pro de la tragedia, mientras la mitad del país está en duelo. ¿Estaremos bailando y haciendo fiestas ante el dolor?La respuesta es: sí. Pero no es un síntoma de indolencia o falta de empatía, es la manera en que históricamente gestionamos el duelo. Piensen por un momento en ‘La candela viva’, porro fiestero de Heriberto Pretelt, inmortal en la voz de Totó la Momposina; está inspirado en un incendio que acabó con más de 100 casas en Chimichagua, Magdalena. En ‘La creciente del Cesar’, paseo vallenato de Rafael Escalona, que narra textualmente cómo él río se desborda y se lleva casas, camiones y personas. O en ‘El preso’, de Fruko y sus Tesos, que es el lamento de un hombre condenado a cadena perpetua.Existe una explicación para que nos valgamos de la fiesta como mecanismo de sublimación para el dolor. Nuestra cultura –y la de América en general– es resultado del mestizaje y tiene influencias de la diáspora africana, los pueblos indígenas y los países europeos que nos colonizaron. La muerte como algo trágico es una idea occidental, pero para la diáspora es la transformación del fallecido en ancestro. Y eso se celebra. Según las crónicas de la conquista, en Cartagena, los esclavos tocaban tambores durante los rituales de duelo y sus ritmos se iban transformando progresivamente hasta pasar del llanto al baile.En la ancestralidad indígena, el duelo representa una fractura del universo. La pérdida de una vida, de un orden o de un lugar. Se crea un vacío y el equilibrio se quiebra. Las ceremonias de duelo tienen como función reajustar ese tejido roto. De ahí que la tragedia se acompañe con bailes, música y celebraciones rituales. Dice el etnomusicólogo Bruno Nettl que una melodía de luto es “bella” o “buena” solo si logra reparar el estado sicológico del doliente y apaciguar el espíritu del territorio.La música educa, facilita la aceptación y propicia espacios de curación ante el duelo. Así como la cosecha necesita de la lluvia después de la sequía, nuestro duelo necesita de la fiesta que trae implícita la música. Sigamos cantando y bailando.@LauraGalindoMPor Laura GalindoPeriodista musical y cultural. Pianista de la Universidad Javeriana, magíster en piano de la Universidad Eafit, magíster en periodismo de la Universidad de Los Andes y MFA en Creative Writing de la New York University -NYU-. Editora cultural y presentadora en RTVC Noticias, de Señal Colombia.Conoce más