La buena noticiaTodo esfuerzo por salvar vidas y aliviar el sufrimiento merece nuestro reconocimiento.
El terremoto en Venezuela ha vuelto a confrontarnos con escenas sobrecogedoras. Las imágenes que han dado la vuelta al mundo muestran edificios desplomándose, gente corriendo por las calles, familias buscando a los suyos y rescatistas haciendo lo humanamente posible para encontrar con vida a quienes quedaron atrapados bajo los escombros. Junto a la alegría de los que pudieron salvarse, irrumpe el dolor estremecedor de quienes no lo lograron. En medio de ese drama conmueve, además, el testimonio de personas que, aun heridas por la tragedia, siguen pronunciando el nombre de Dios con fe.
Pero no hace falta un terremoto para recordar que el dolor está presente. En Guatemala convivimos a diario con otras formas de sufrimiento: la violencia, las extorsiones, los accidentes, la pobreza, la migración, las enfermedades, las familias rotas, los jóvenes sin esperanza. Hay dolores que no aparecen en grandes titulares, pero desgastan silenciosamente la vida de muchas personas.
La humanidad ha avanzado mucho en su capacidad para aliviar el dolor. Sin embargo, en países como Venezuela o Guatemala muchas veces se hace lo que se puede con recursos limitados, pese a la corrupción, la improvisación y la indiferencia. Todo esfuerzo por salvar vidas y aliviar el sufrimiento merece nuestro reconocimiento. Pero hay una pregunta que va más allá de los medios técnicos y las respuestas inmediatas: ¿qué hacemos cuando el dolor llega y no puede evitarse?














