En verano hay lugares donde uno entra porque quiere y otros donde entra por imperativo familiar. El sitio de moda de la Costa Brava es el + Sorrer, un lugar donde conseguir entrar empieza a parecerse a obtener mesa en un restaurante de tres estrellas Michelin. El milagro, además, está muy bien organizado: desde el Bar Bocata hasta las barras, zonas de baile y los distintos ambientes, todo tiene una distribución magnífica, pensada para que miles de personas se pierdan sin llegar a desaparecer.Pero esta noche el experimento está unos kilómetros más abajo, en Costa Este, en Calella de Palafrugell. Una fiesta tan original como peligrosa: juntar padres e hijos en una discoteca.A cierta edad, meterse en una discoteca cuesta. Entrar con tus hijos debería estar directamente prohibido por la ONU. Pocas experiencias provocan más vergüenza ajena a un hijo que descubrir que sus padres bailan. Y todavía peor: comprobar cómo bailan. Sin embargo, hoy ocurre algo extraordinario. Los hijos no solo lo permiten sino que nos animan. Nos hacen sitio. Incluso nos miran con una cierta indulgencia.Para conseguir semejante armisticio generacional hacen falta buenos DJ. Y aquí aparece un chaval joven al que solo le pido un favor: hazme una lista de spotify o un DVD o, ya puestos, un casette. Porque en una sola tacada lanza Me colé en una fiesta de Mecano; Sarà perché ti amo de Ricchi e Poveri; A quién le importa , de Alaska; Video Killed the Radio Star de The Buggles (aua, aua); It’s My Lif e de Bon Jovi, y remata con una versión house de Bohemian Rhapsody de Queen.Y entonces llega I Will Survive . Versión house. Y aquí ya perdemos definitivamente la dignidad padres e hijos. Bailamos, pero sobre todo saltamos. Lo, lo, lo, lo, lo. Todos. Hay canciones que sirven para comprobar que las generaciones cambian pero la manera de hacer el idiota sigue siendo exactamente la misma.Lee tambiénEl mayor orgullo musical de unos padres, a mí no me pasaba, debe de ser descubrir que sus hijos conocen todas esas canciones. Que las cantan. Que saben cuándo llega el estribillo. Que durante unos minutos existe vida más allá del reguetón, ese hilo musical oficial del planeta que ya no se conforma con las discotecas y ha colonizado incluso algunos restaurantes. Comer con música debería figurar en el Código Penal.Hay otra cosa que une definitivamente a las generaciones: el calor. Un calor asqueroso, pegajoso, húmedo, de esos que convierten una camisa en una segunda piel. (¡Javi Bordas, pon aire acondicionado¡). Aquí no hay conflicto generacional . Sudamos todos igual.Los chavales van casi todos peinados de una manera sospechosamente parecida. Los miro y pienso que la juventud ha perdido definitivamente la personalidad hasta que recuerdo las fotografías de nuestra generación y aquella epidemia de la raya en medio.Lee tambiénPero entre canción y canción hay detalles que tranquilizan. Sorprende agradablemente la seguridad. Hay tipos paseando entre la gente, observando al personal con cara de malote profesional y otro vigilando permanentemente la puerta de los baños. No molestan. Están. Y se nota.También se nota fuera. Hoy, quizá porque han venido los padres, en el parking no hay botellón. Otros días puede convertirse en un espectáculo sorprendente, desagradable, guarro y, sobre todo, preocupante: coches, vasos, botellas y adolescentes convencidos de que la noche todavía no ha empezado aunque ya lleven unas cuantas copas encima. Esta madrugada, en cambio, el aparcamiento es civilizado.Son las tres de la madrugada y una mayoría de padres empieza a desfilar hacia la salida. Hemos cumplido. Hemos entrado en territorio enemigo, hemos sobrevivido al calor y, lo más importante, nuestros hijos no han fingido no conocernos.Entonces suena Sweet Caroline. Los que ya caminaban hacia la puerta se paran. Alguno mira hacia atrás. Y todos sabemos lo que va a pasar: media vuelta. Hace treinta o cuarenta años hacíamos exactamente lo mismo. Siempre había una última canción. Y después otra que también era la última. Y una tercera, por si acaso.Volvemos a la pista. Ellos cantan Sweet Caroline . Nosotros también. Durante tres minutos nadie sabe muy bien quién acompaña a quién, si los padres hemos venido a la fiesta de nuestros hijos o si ellos han acabado entrando, por una noche, en la nuestra.Y quizá ese sea el verdadero milagro de esta noche en Costa Este. No que unos hijos acepten ver bailar a sus padres. Que cuando suena la canción adecuada, todavía quieran bailar con ellos.Hasta el próximo verano. De la resaca adulta hablamos otro día.
La noche que los padres tomamos la pista
Hay canciones que sirven para comprobar que las generaciones cambian pero la manera de hacer el idiota sigue siendo exactamente la misma






