Últimamente mi novia ha caído en una drogadicción curiosa: el pádel. Entre conversaciones cada vez más frecuentes sobre raquetas, canchas y zapatillas, me comunicó que este mes nuestras vacaciones no incluirían playa: yo no lo sabía, pero estábamos mucho mejor en la paradisíaca Madrid de agosto, donde casi no hay tráfico y donde se pueden concertar partidos a todas horas. Escribo esta columna, de hecho, mientras ella juega, en un complejo plagado de pistas azules al norte llamado La ciudad de la raqueta, de la que ella dice —y no sé hasta qué punto exagera— que quiere convertirse en alcaldesa.El caso es que acompañándola partido tras partido me he dado cuenta de que no está sola en su adicción. Una mujer con medio cigarrillo en la boca, que gestionaba varias pistas y el bar entre ellas, me contó que a partir de septiembre estarán llenas “todas las canchas, a todas horas”. Me quedé pasmado. Borracho como he estado estos años de libros y videojuegos, no me había dado cuenta de que, en este tiempo, como el covid o el cristianismo en sus primeros estadios, el pádel ha ido creciendo por debajo del radar, plantando su semilla hasta florecer como una verdad incontestable.Para encontrar partidos se usa Playtomic, una app de citas (deportivas) en la que se organizan escuadras competitivas constante y omnipresentemente, porque, aunque no las veamos, las canchas están por todas partes: hay como 2.000 pistas solo en la Comunidad de Madrid. Imaginen mi cara cuando me enteré de que la azotea de un pub irlandés que suelo frecuentar cerca de la Castellana alberga cuatro canchas a las que se llega por una puerta detrás de la barra. Fue como una de esas novelas de Murakami en la que la modificación de un pequeño detalle espacial trastoca para siempre el destino delprotagonista.He visto cosas difíciles de creer, estos días. Un chico con una brecha en la frente chorreando sangre gritar que quería seguir jugando. Una señora con una pista de pádel en su comunidad que organizaba partidos todos los días antes de comer y ya llevaba casi 500 en la aplicación. Un diestro al que, como le faltaban dos dedos de la mano derecha, jugaba con la izquierda. Hay algo un poco distópico en el pádel, una especie de código social cada vez más extendido en hoteles, gimnasios, empresas, networking y zonas de turismo. Aunque no está tan mal, porque en el fondo todo se sustenta en el deporte (otro día les cuento cuando a mi novia le dio por el bingo).Me ha hecho falta hacer un tour por todo tipo de barrios madrileños (de Arturo Soria a Mirasierra, pasando por Vallecas y Villaverde) para darme cuenta de que el pádel rompe la barrera del desclasamiento: yo pensaba que era una cosa de pijos, y resulta que es una cosa de clase media aspiracional. También me ha roto los esquemas físicos: tener un cuerpo atlético para jugar a esto es tan innecesario que a veces he sospechado que alguno guardaba en la funda de su pala un jamón. Hay otro detalle fascinante que yo ya pensaba erradicado de este mundo paulatinamente aburrido y rígido: las trampas. He visto a un tipo decir que no había tocado la pelota cuando la he visto claramente rebotar sobre su cabeza, y eso me ha hecho extrañamente feliz. Hay quien reclama que el pádel sea deporte olímpico, pero yo estoy bastante convencido de que la profesionalización total es el mejor veneno para acabar con la espontaneidad de este deporte. En fin, me gustaría seguir divagando, pero mi novia me llama. Ha fallado un jugador y quiere que yo le sustituya. Escribo esto mientras me abrocho las zapatillas y cojo la raqueta. Perdón, la pala (me ha corregido ella). Deséenme suerte. Imagino que por un solo partido no pasará nada…