Querido Federico:Hace noventa años, ya llevabas dos días muerto. Conforme la noticia corría por este país alzado en armas, lleno de un gentío atemorizado o iracundo –quizás ambos sentimientos se entreveraran–, tú yacías en las entrañas de una tierra que, como diría María Zambrano, se quedaba con lo rojo de la sangre para dárselo a las flores. He decidido escribirte esta carta que nunca leerás para contarte que, de alguna manera, tu presencia acompaña a multitud de almas por los derroteros livianos de cada día; que tú los embelleces desde la sepultura indigna que te endiñaron los verdugos del amor y la piedad en el mundo. Parece mentira que se considerasen cristianos, ¿verdad? Aunque tú, con los ojos de humus, desde el mantillo enraizado a tu boca, seguro que te diste cuenta de algunos acontecimientos: de cómo fue desollando la piel de los justos una contienda que apenas viviste empezada; del apoyo internacional que suscitó la causa republicana –no lo suficiente, lo sé–; o del furor que tu obra generaría mucho antes de que los influencers anegaran la esfera pública con contenido inútil. Ahora no te suenan mis palabras; no te preocupes, en breve las explicaré, pero quería primero donarte mi gratitud por haberte convertido en el fantasma que brinda su desvalida mano a quienes todavía creemos en el poder de la poesía y la bondad organizada del pueblo para librarnos de una amenaza muy parecida a la que inhumó tus huesos tras el estruendo de las balas. Creemos en ti, en la estela lorquiana –mira, tienes un adjetivo– del humanismo y la sonrisa.PublicidadPero han pasado muchas cosas, algunas de las cuales te pillaron con el corazón aún caliente: murió Machado al otro lado de la frontera, Miguel Hernández entre rejas tras haberse deslomado en el frente –¿por qué nunca respondiste a sus cartas? –; algunos de tus compañeros se exiliaron y/o se deslizaron por un olvido que jamás hizo justicia a su obra. La tuya, como ya te he adelantado, se sigue leyendo y editando, y eso es maravilloso. Sin embargo, y a pesar de tu latencia incansable en los lares de los vivos, amigo etéreo y telúrico, debo confesarte que la literatura, y la cultura en general, han ido cayendo poco a poco en desgracia. Es cierto que gozaron de un repunte precioso a partir de que el sicario mayor –ya sabes a quién me refiero– falleciera en la cama, vejestorio y mullidita respectivamente, lo opuesto a tus circunstancias: juventud lozana sobre la piedra y el lodo. Esa época, que se llamó transición, debió de ser esplendorosa, mucho más por la energía política colectiva que debido a las medidas restaurativas que se aprobaron respecto a los cadáveres de tu quinta. La imperfección amnésica afectó menos al patrimonio artístico que a la carne, y España intentó un retorno (parcialmente satisfactorio) a los esfuerzos humanísticos del pasado. Lo peor, no obstante, vino luego, próximo al ahora desde el que escribo con (casi) la misma edad que tú tenías cuando se te atragantó el suspiro de la madrugada y dejaste de respirar.Voy a ser muy franca: quizá nos encontremos en una etapa de la historia mucho más aterradora que la que a ti te regaló el azar; tengo pruebas de una violencia omnívora que roza lo abismal y donde la palabra ya no significa. Para que te hagas a la idea –tal vez te cueste entender, pero si me escuchas a través del tórrido olivar de va de mi Córdoba a tu Granada lo adivinarás enseguida –, con las bombas y aviaciones de antaño convive un veneno en forma de pantalla que se ha introducido en los bolsillos de cada persona para dictarle lo que debe hacer. ¡Pues desobedezcan ustedes! –pensarás–, pero el uso del veneno es obligatorio, y sus mandatos y propósitos, muy feos. Nos mantiene adictos a una sustancia invisible; vivos sólo en apariencia, porque ya no podemos leer tus poemas ni asistir al teatro sin ser interrumpidos por su iluminación o soniquete estridente; nos quita el sueño y transmite mentiras que la gente cree a pies juntillas. Una de ellas, posiblemente la más dañina, afirma que la democracia debe ser eliminada. ¡Imagínate! ¡Con lo que tú luchaste! Pues es tal cual, mi estimado Federico, y aún me falta un detalle: la ponzoña consume tanta agua y energía que nuestro planeta entero se encuentra en peligro, así que no te extrañe que, un día, los que no exhumaron tu esqueleto con motivo de la huérfana memoria nacional acudan a taladrar la tumba terrosa en la que descansas para abrir una mina.¿Cómo te quedas? Perdóname la broma macabra… muerto –sabrías desternillarte conmigo, estoy segura–. Te he hablado de influencers y contenidos, y aún no he revelado el secreto: los primeros son figuras, algunas artificiales, que generan adhesión en torno a distintos temas, a menudo desde la más pretenciosa ignorancia; los segundos han sustituido en buena medida al trabajo educativo que antes requería sosiego y cariño, circulan muy rápido –no da tiempo a pensar–, y producen datos personales que sirven, a su vez, para vigilarnos. Como un ejército en cada esquina, te lo prometo, pero dentro del bolsillo. Por eso, aunque te sigamos leyendo, la cultura ya no es tan importante, y ha perdido la concentración en la que habitaba su capacidad para cultivar. Espero que este relato no te afecte más allá del universo insectil y vegetal en el que te descompones despacito. Deberías vernos, compañero: enyugados y complacientes mientras nos roban; ganado útil de mandamases autoritarios que se enriquecen con la alienación ajena y continúan jugando a la guerra. Si resucitases, te espantaría esta nueva distopía en la que no son necesarios ni fusiles ni trincheras para meter en vereda a los paisanos. Querido Federico: la hora de la dignidad se está volviendo frágil como un jarrón de cristal bajo la herrumbre de un tanque; las hordas de enemigos tuyos se han reproducido como una plaga, y el gentío los vota. Danos jolgorio, jaleo jaleo, inteligencia y luna valiente para sanar tanta herida.Con todo mi afecto,Azahara
Carta a Federico García Lorca
Si resucitases, Federico, te espantaría esta nueva distopía en la que no son necesarios ni fusiles ni trincheras para meter en vereda a los paisanos










